Maneras de sentir
Javier Salvador teleprensa.es
Existen muchas formas de sentir una localidad. Los almerienses capitalinos parece que ahora vivimos sumidos en una ola de euforia con esto del ascenso a primera y todo son exaltaciones y buen rollito. Pero hay modelos que, de verdad, asombran.
El otro día, en Mojácar, descubrí una ciudad cosmopolita que se escapa a la mayor parte de los almerienses. Nunca nadie me había hablado de la ciudad que yo conocí la pasada semana y ahora lo entiendo, comprendo ese duende que tiene y que ha hecho que gentes de los más diversos lugares de España y países del mundo den un paso adelante para no volver hacia atrás, es decir, llegar ver y quedarse.
Por primera vez en muchos años, de la mano de un amigo, Diego y Jose, metidos ahora en esto de la política, -para hacer pueblo dicen, y les creo-, sentí aires de creatividad que hacía muchos años que no experimentaba. Una ciudad bilingüe, abierta a nuevas ideas, dispuesta a apoyar todo aquello que pueda ser bueno para mejorar la calidad de vida del entorno, pero sin cambiar demasiado, sin violar el origen, sin perder de vista el horizonte.
Conocí a ciudadanos ingleses que llevan años intentando hablar castellano y a mojaqueros que nacen con el inglés como segunda legua materna y ansiosos de poner en orden unas ideas comunes que les puedan ayudar a tener ese Mojácar que quieren.
Que Mojácar tiene duende es algo que puedo constatar. Que asomarse a su mirador y observar tranquilamente todo el Bajo Almanzora, es una experiencia que les recomiendo. Tomar un café en el Jamón, Jamón se hace casi imposible porque no puedes dejar de mirar por la ventana y sentirte maravillado de lo que tenemos y, prácticamente nos perdemos.
Pero como la pequeña ciudad blanca que cuelga de la montaña, en Almería tenemos muchas otras, algunas a simple vista y otras muy escondidas, lo suficiente para pasar desapercibidas entre nosotros y ser joyas que descubren gentes de fuera, esos que han sabido valorar, antes que oriundos, cosas más importantes en esta vida que el frenético ritmo con el que nos flagelamos.
Las localidades de Almería son como las personas, nunca serán profetas en su propia tierra y cuando menos, eso, es un error que desgraciadamente tardamos mucho en reconocer y aún más en solucionar.
No en todas las localidades hay un par de amigos que están dispuestos a soportar al visitante y mostrarle las cosas como son, que no es más que la mejor forma de fomentar turismo y empatía hacia un lugar. No en todas las localidad se tienen muy claros los conceptos, los hechos diferenciales de la tierra en la que nacieron o por la que han sido adoptados, pero en aquellas en las que sí los hay, merecen algo más que el agradecimiento del ciego al que hacen ver, merecen reconocimiento.
Diego y Jose son candidatos, se juegan sus empresas porque en su caso particular quieren limpiar esa imagen de un pueblo más conocido por sus mociones de censura que por las excepcionalidades del lugar, de sus gentes, de sus vistas, de los aromas de la mañana, de la amabilidad de la noche y del don de gentes de sus vecinos.
Como ellos, seguro, que hay muchos otros en la provincia de Almería, nuevos candidatos para un nuevo tiempo, una nueva Almería capaz de afrontar otros retos no tan políticos como hasta ahora y sí más humanos, con la gente y con el entorno. Igual es cierto, como me decía uno de ellos, que se está produciendo un cambio generacional y de conceptos en la política local y que en estas municipales se producirá la verdadera explosión.
En cierta medida los números pueden salir, porque se incorpora una nueva generación de votantes que hemos ido de un lado hacia otro durante años, sin encontrar lugar en un mar de partidos donde apenas quedan mínimos rasgos de ideologías, de esas que hablan nuestros hermanos mayores y que te llevaban a sujetar banderas, a salir a la calle al grito de protestas.
Quizás es el momento, en el que la mayoría, los de los veintitantos a los cuarenta y pocos, debamos decidir cambios importantes.