La torre perdida

Javier Salvador teleprensa.es

Ayer, un hombre entregado a esto de la lucha contra la corrupción me inundó literalmente de documentación con pruebas más o menos claras, es cuestión de atar y comprender, que son más que la base para una serie de artículos sobre casos que se dan en Almería y su provincia, que no tienen nada que envidiar a esos que el telediario nos ofrece a la hora de comer y que nos recuerdan que el cocido currado de nueve a nueve, tiene mejor digestión que gambas pagadas con pelotazos y corrupción.

Paseando por las webs de Almería me encuentro con el listado de las 150 empresas que están relacionadas con el alcalde de Roquetas de Mar, www.ejidotv.com. Y les aseguro que no tiene desperdicio.

De ahí, a las torres que, si la Junta no lo remedia, se edificarán frente a Gran Plaza, del que aún no sabemos si es legal o no, si el TSJA ordenará su cierre o si se convertirá en la excusa para que a partir de ahora entendamos la Ley como algo muy bien escrito y más rico aún en interpretaciones.

De ahí pasamos a las torres de la Rambla, en Almería, que ahora resulta que no se pueden hacer o que, por el momento, parecen haber sido paradas con algo más que palabras o advertencias.

Al final, el ciudadano de a pie, empieza a digerir todo esto como una ensalada en la que se nos ha ido la mano con el vinagre. O lo que es lo mismo, haciendo extraños guiños, contrayendo la cara hasta límites insospechados y no por el hecho de leer estas informaciones, sino por el hecho de no comprender que se pueda llegar a estos extremos.

Durante varios días he estado recopilando información sobre unos hechos que me gustaría relatar algún día, algunos los conocen como la caravana de la muerte, esa que en enero de 1937 formaron unas 150.000 personas que huían de la toma de Málaga en la Guerra Civil. Llegaron hasta Almería, no todos, porque les ametrallaron y bombardearon durante los cinco día de caminata que estuvieron literalmente tirados en la carretera y encima, cuando llegaron a Almería y se congregaron en su puerto para salir en alguno de los barcos del bando republicano lo que les cayó del cielo no fue un chaparrón de agua, sino de acero en formato bomba. Una barbaridad de nuestra historia, de esas que no sabes si es bueno recordar o no cuando una niña de ocho años te pide ayuda para buscar noticias sobre el día de la Paz en Internet. De esas cosas que algún día le tendrás que contar para que entienda por qué todos los años hay un día que se dedica recordar lo importante que es la paz. Pero a lo que vamos.

Los apuntes tomados del relato contado por el canadiense Norman Bethune, un médico que socorrió a tantos desplazados como pudo, se me enmohecen en el cajón a la espera de que les dé salida. Pero no hay forma.

Nuestra actualidad, la real, la que ocupa portadas de los periódicos digitales o de papel, nos sobrepasa hasta el punto de que lo importante queda solapado por lo urgente.

El Ayuntamiento de Almería volvió a ser ayer el escenario de un bochornoso espectáculo. Una promoción que pasa por el visto bueno de la Comisión de Urbanismo y del pleno, es devuelta a corrales por la Junta de Andalucía. El relato de la torre perdida en el camino a Sevilla.

¿Qué ocurre? ¿A caso se ha convertido el urbanismo en una lotería? Este sí cuela. Este no.

Situaciones como la de ayer, como la que se denuncia desde hace meses en Roquetas, el caso de Albox y tantas otras, nos tienen que llevar a una reflexión o, cuando menos, a una intervención real para poner fin a una situación en la que ya nadie se siente seguro. Ya no se trata de hacer política o no. De esgrimir argumentos oscuros que induzcan a pensar a que hay una mano negra que todo lo tira hacia atrás.

¿Dónde está la legalidad? ¿Quién lleva la razón? Son algunas de esas preguntas que no pueden esperar a unas elecciones municipales para ser contestadas. En el País Vasco ayer se manifestaban miles de ciudadanos para apoyar a su Administración ¿tenemos que manifestarnos en Almería para que se nos cuente la verdad?

Cuando Norman Bethune auxilió a quienes huían de la barbarie de la guerra escribió en un relato esta reflexión: “me niego a vivir sin rebelarme contra un mundo que engendra crimen y corrupción”. Lo lamentable de todo es que tantos años después, sin sufrir los horrores de una guerra, tengan tanto sentido como entonces esas mismas palabras.