Caso Muñiz

Javier Salvador Grupo Teleprensa

Ayer corrían rumores, mal intencionados, sobre el caso publicado por el diario La Voz de Almería respecto a la construcción de un cortijo en zona protegida por parte de María Muñiz, concejala y responsable de la empresa pública que construirá viviendas para jóvenes en la capital. Esos rumores decían que Muñiz había puesto su cargo a disposición del alcalde esa misma mañana y que éste le habría quitado hierro al asunto diciéndole que ni se lo plantease, mostrando así su apoyo a uno de los suyos. Hasta ahí lógico, normal, estándar y un capítulo más de la vida política. Pero el día fue largo y hubo tiempo para meter bien la pata.

En los corrillos del pleno se dijo, ante medios de comunicación, sin que hubiese nadie de La Voz delante, que lo realmente penoso de este tema era que fuese ese periódico el que lo contaba, sin tener en cuenta la cantidad de dinero que ella, como responsable de la empresa que construirá esas viviendas había ingresado en la caja de todos los medios de comunicación, anunciando las actuaciones que en breve se supone que desarrollarán desde esa entidad pública pagada por todos. Y aquí es donde está la metedura de pata a lo grande. ¿Fruto de los nervios?, puede que si, porque a nadie le gusta salir en titulares a cinco columnas cuando te ponen a parir.

Pero en esa historia lo que hace realmente grande, en todo su contexto, al medio de comunicación es precisamente que publique esa información sin tener en cuenta la cantidad de dinero que haya percibido o vaya a dejar de ingresar. Lo que no puede hacer nadie, ni concejal, ni supermán vestido de violeta es ponerle precio a la libertad de expresión. Eso sí que no, aunque desgraciadamente existan ejemplos de todo lo contrario, pero son pocos, muy pocos y están de paso.

En esta historia se puede tratar de explicar que la información no es completa, del todo correcta o que la fuente que haya proporcionado el tema tenga mala leche. Hasta ahí podemos estar de acuerdo, pero en la pasta que cuesta el silencio no.

Podemos incluso coincidir en que el asunto no sea muy grave, pero me imagino que a los defensores del Parque Natural de Sierra Nevada les gusta tanto que se construyan chaletes en su entorno como a nosotros que se edifiquen hoteles en las playas de Cabo de Gata.

Coincidiríamos, incluso, en que habría que tirar de la manta y averiguar cuánto dinero se ha gastado determinada gente en rehabilitar viejos cortijos para hacerse chaletes en plena sierra, y con subvenciones gansas porque se han camuflado como inversiones en establecimientos destinados al turismo rural.

Es más, de ser Muñiz, asumiría el torteo al que va a ser sometida y empezaría a pagar con la misma moneda, porque hay muchos chaletes de esos en parques naturales y zonas protegidas de Almería que pueden ser de la mujer de tal director o elementos por el estilo.

El problema de este asunto, además del intolerable desprecio a los medios de comunicación al intentar ponerle precio a su silencio, es precisamente que Muñiz ocupa en estos momentos un cargo de responsabilidad con alto rendimiento en imagen política, ya que tiene en su mano hacer realidad el sueño de muchos jóvenes almerienses que no ven cómo acceder a una vivienda. Ese hecho transitorio en particular la va a poner en el circulito rojo de la diana. Y que precisamente sea a ella a quien le saquen en los papeles con un asunto que apunta directamente a la violación de normas urbanísticas pues no es el mejor ejemplo que se pueda desear. Pero aún es menos propicio en estos momentos, en los que el clima político va a subir muchos grados centígrados tal y como pudimos ver en el pleno de ayer, en Almería capital, donde el principal partido de la oposición se marchó de la sesión dejando abierta una importante crisis de la que ya nos ocuparemos otro día. Y no se trata del calor del verano, el asunto está en que queda un año para las municipales y el patio se va a caldear.

Respecto al cortijo de Muñiz, me parece una cabronada porque es de esas políticas que no me caen mal. Sobre el asunto del precio del silencio prefiero no decir lo que me pasa por la cabeza.