Papás de verano

Javier Salvador Grupo Teleprensa

Les prometo que he intentado hablar con mi amigo Fernando Ruiz, antiguo director de un colegio en Almería y el mejor consejero familiar que jamás ha pisado tierras almerienses, pero no lo he conseguido. Él me habría dicho la forma correcta de obrar y yo se la hubiese contado a ustedes. Pero nos va a tocar buscarnos la vida.

Les hablo de los niños, del verano, del final de las clases y del enorme dilema sobre ¿qué cojones hacemos con los enanos? La fiesta se presenta complicada porque el ritmo de trabajo no frena, puede que hasta aumente dependiendo del sector, pero unos pequeños talibanes de metro cuarenta se pasean por casa con cara de cansados, hartos de colegio y nos miran de soslayo como diciendo ¿no me meterás en una escuela de verano, verdad?

Y el dilema se presenta fuerte y éste no nos lo arregla ni “el zapatero”, ni “el rajo” y mucho menos el tito Chaves. Esta vez nos vamos a tener que buscar la vida en solitario y sin contar demasiado alto nuestros planes, no vaya a enterarse nuestro colega de la mesa de detrás de que en la colonia de Unicaja quedan un par de plazas libres y sólo piden que te abras una cuenta para que el niño pueda ir. Sí, si, como cualquier otro, aunque su padre tenga una nómina metida en la Caja y esa sea tan gorda como las señoras de Botero.

Pero nos queda el tema de los clubes deportivos que son, al fin y al cabo, concesiones administrativas municipales, de entes públicos o de la Junta. Pero claro, sólo son para socios.

También hay posibilidad de esas escuelas de verano que se montan en los colegios públicos, que aunque valen una pasta te resuelven la papeleta. Y hasta tienen catering,- ¿se escribe así?-, si lo pides. Pero es volver a meterles en el trullo, que digo entre rejas, ¡perdón!, en otro colegio.

Llevo unas cuantas horas intentando entrar en la mente de mis hijos, porque me han pillado hablando del verano con un vecino y saben que alguna se les avecina. Quiero saber qué piensan ellos sobre esta ridícula situación que vivimos todos los padres con hijos en edad escolar a las puertas del verano.

Recuerdo que cuando era niño abría los ojos de esperanza y encorvaba los hombros de cansancio cuando empezaba a apretar el calor y nos ponían la jornada continuada. El verano está cerca: playa, amigos, sandía fresquita y un deseo de padres que nunca se cumplía.

Ahora, a los treinta y cinco, no me perdono tener que pensar igual que mis padres lo hacían en aquella época, cuando había que tener dos trabajos, por lo menos, para poder llegar a final de mes. Casi como ahora.

Y en aquellos años no había escuelas de verano, sólo colonias y para quince días o te mandaban al pueblo con Inocencio y Catalina.

Igual hago eso, o me busco la vida para que mis hijos pasen el verano de su vida con sus padres, aunque sea por partes, o me invento un plan de intercambio con un pueblo donde un par de ancianos quieran mostrarle a un par de niños de ciudad cómo se vive en el campo.

Pero fuera de bromas, para quien lo pueda entender como tal, estamos llegando a unos puntos de gilipollez en nuestra sociedad que nos acostamos pensando que los niños en verano son un problema, cuando las dificultades igual las tenemos nosotros para dilucidar qué es lo realmente importante para nosotros, para nuestro entorno. Vamos que no vale decir eso de que lo más importante es la familia, la salud y el dinero en nuestras vidas, cuando con a golpe del tercero les vamos a machacar el verano a los más pequeños. Decía un tal Joubert, (1754-1824), franchute ensayista y moralista autor del libro "Pensamientos", que los niños necesitan más modelos que críticos, y me da la impresión de que nos estamos pasando con los modelos que les estamos mostrando.