Mi primer Mac

Javier Salvador, periodista

En 1988 encendí mi primer Mac, un Macintosh que hasta hace muy poco he tenido en casa y al que tenías que meterle un disco de arranque, pero una vez dentro tenías un sistema operativo que era algo que luego la gente aprendió a llamar Windows. Sí, ese sistema de ventanitas y demás lo utilizábamos en la redacción de La Crónica cuando el 90% de los ordenadores aún no salían de la pantalla negra o verde en la que tenías que introducir engorrosos códigos para realizar una u otra función. Cuando cerraron aquel periódico compré uno de los viejos ordenadores de la redacción y a lo largo de mi carrera he ido evolucionando con ellos. Desde aquellos enormes armatostes grises con monitores descomunales los PowerPC que te permitían trabajar en entorno Mac o PC, pasando por los huevos de colores, a la primera pantalla plana, el Macbook. Algunos de esos viejos ordenadores, y todos funcionan, sirven hoy día para que los chavales de la parroquia María Madre de la Iglesia, en Vícar, puedan jugar, escribir o tener sus primeros contactos con el mundo de la manzana, y casi sin saberlo, Antonio Cobo, el párroco, tiene en una de sus salas un pequeño museo de una tecnología que cambió la forma de hacer las cosas.

Cuando ayer escuchaba en los informativos que un montón de gente lloraba la muerte de Steve Jobs, recordaba que él siempre, cada vez que le hacían una entrevista, mandaba el mismo mensaje: “seguid hambrientos, seguid alocados”. No era una cita, sino el mensaje de despida de una revista llamada The Whole Earth Catalog que desapareció en los 70.

Jobs, uno de los tipos más ricos del mundo, se lanzó a construir un ordenador que pudiese entrar en una caja de cartón, incluyendo todo, desde teclado a cpu y monitor. Antes de ello pasó hambre de verdad, no tenía donde dormir, dejó los estudios y los domingos acudía a un centro de Hare Krishna para poder comer decentemente un día a la semana. Jobs tenía hambre de mundo y tenía claro que encontraría un camino.

Le echaron de su empresa y creó otras dos que se hicieron aún mayores de la que le habían expulsado. No cayó, se levantó y siguió adelante, una y otra vez, hasta que sencillamente se le acabaron los días.

Después de las informaciones sobre el gran genio de la era digital, aparecieron en las noticias otra sobre el movimiento Ocuppy de Walt Street, el 15m de los americanos, y me hizo especialmente gracia que en cierta medida hubiera una conexión entre lo que ocurría en las calles y el legado de Jobs, porque ahí estaba la respuesta a esa gran pregunta que decía que debíamos formularnos de vez en cuando "si hoy fuera el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que estoy a punto de hacer?". Esa gente sí estaba haciendo lo que realmente le pedía el cuerpo y no era otra cosa que protestar, decir basta, decir que no a una sociedad dirigida por unos pocos que, además, tienen en unos incompetentes llamados políticos a sueldo las mejores herramientas que jamás pudieron diseñar para seguir gobernando el mundo. Esa gente de la calle, por lo menos, tiene algo que parecía que se había perdido, algo que es esencial en estos momentos, que tradicionalmente definíamos como sentido común, pero que al fin y cabo son sencilla y llanamente valores.

Quizás es el mejor legado que deja Jobs, porque entre sus citas, rescatadas o propias, y con su forma de vida, lo que nos demuestra es que son los valores la base de la riqueza y no una enorme póliza de crédito.