Intelecto nublado
Javier Salvador, teleprensa.es
Hace muchos años que regularmente acudo a una escuela de negocios para encontrar herramientas, soluciones, guías que ayuden a encontrar la salida en determinadas situaciones. Quizás lo más interesante de esos encuentros, además de la calidad de los ponentes, es hacer pasillos con gente que aún perteneciendo a sectores totalmente distintos al tuyo y de tamaños abismalmente diferentes, te das cuenta de que si cambias las cifras, a todos les pasa realmente lo mismo.
Las empresas ya han asumido que 2011 y 2012 van a seguir siendo muy complicados por una razón tan sencilla como el bloqueo del crédito bancario, porque es a ellos a quienes les toca devolver dinero. Esos números no son nuevos, son pagos que no habrían ocasionado ningún desbarajuste, pero de repente alguien descubrió que en ese juego de los mercados se estaba dando gato por liebre y retiró su particular eslabón de la cadena, provocando que todo se desmoronase sin remedio. Pero lo que ahora importa es saber cómo se sigue adelante.
Una de las grandes verdades del momento es que la presión nubla el intelecto. Nos hemos olvidado de cosas fundamentales, como aplicar coherencia a nuestra forma de hacer las cosas, hasta el punto de que se nos ha escapado de las manos el dominio de la situación. Algunos viven pensando en que las tendencias tienen que cambiar, que ya lo harán, y otros se creen que con un cambio de gobierno todo estará solucionado, y que nada más jurar el cargo un presidente de derechas las oficinas de empleo se van a vaciar de parados y los billetes de 500 euros van a aparecer en las cuentas corrientes como los caracoles tras los días de lluvia. Y no, no es así.
Ahora es el momento en el que se depende de una única cosa, concretamente de la capacidad de dirección. Capacidad de ver el entorno, de establecer un rumbo adecuado con un ritmo que sean capaces de seguir quienes tienen que ayudarte a llegar a esa meta y, sobre todo, con análisis milimétrico del riesgo. Dicho de otra forma, llega el momento de convertir las empresas, casas y familias, en verdaderos acordeones, capaces de encogerse cuando toque y abrirse al máximo de sus posibilidades cuando se presente la oportunidad.
Un tipo me dijo el otro día que su empresa se había salvado eliminando gastos inútiles, tan inútiles que hasta les fue difícil localizarlos en ese escondite que llamamos presupuesto. En esa conversación otro recordó que alguien dijo una vez que en situaciones como ésta es el momento de hacer cosas útiles y no envidiables. Pero quizás el más listo de todos, uno de Cádiz, se preguntó si el verdadero problema no estaba en nosotros mismos, empresarios y no empresarios, por habernos quedado noqueados ante una crisis que nos produjo más miedo que vergüenza.
Y ahora les cuento un secreto ¿saben que hay gente que sigue ganando dinero en esta crisis sin haber cambiado de sector ni empresa?