Callarán las pistolas

Javier Salvador, teleprensa.es

Alguien dijo en una ocasión que lo mucho se vuelve poco con desear otro poco más, y eso es lo que nos ocurre con el anuncio de la banda terrorista más sanguinaria de nuestra joven democracia y sus treguas. Es normal que nadie les crea, que se pida cautela, pero de ahí a provocarles para que den un paso atrás hay una línea tan delgada, similar a la de pasar del amor al odio, que parece que algunos no quieren que callen las pistolas, que cesen las bombas.

ETA ha dado un paso muy medido, llamando la atención internacionalmente para que se les vea como víctimas, represaliados guerrilleros por la libertad de un pueblo que nunca fue invadido en aquellos años en los que las guerras se hacían a mandobles de espada, y el problema es que se creen esa opresión que una vez pasas Miranda de Ebro en dirección al Sur deja de entenderse.

Hace muy poco estuve en Orio, un pequeño pueblo donde me comí el besugo más caro del mundo y posiblemente también el más rico, y todo dependiendo de cómo se mire. Es decir, por la mitad de lo que pagué hubiésemos comido los cinco comensales en Almería, aunque infinitamente peor y sin embargo lo que pagué sólo me hubiese dado para el cubierto de uno de los cinco si me hubiese sentado dos pueblos más allá, en el restaurante de un famoso cocinero. Es decir, todo está bien o mal dependiendo de cómo lo mires o del humor que tengas.

Ese día, al salir del restaurante y volver a la autovía había un control de la Guardia Civil. Tipos con gafas de sol, metralletas, chalecos antibala y camisetas de manga corta para enseñar brazacos, más o menos como las escenas que se ven de Irak. Paraban a todo chaval que fuese en un coche o furgoneta, sólo o acompañado. Si tenías pinta de vasco te quedabas fuera del coche, bajo el sol, durante un buen rato. Nosotros pasamos de largo, pero lógicamente esos chavales, que viven los controles diarios, no serán muy amigos de la enseña nacional que aquellos tipos de verde lucían en sus ropas.

Luego había que mirar el careto de los guardias. Todos muy jóvenes, posiblemente recién salidos de las academias o cumpliendo destino forzoso en una zona en la que temen que, en cualquier momento, les peguen un tiro. Lo lógico es que no tengan caras de muy buenos amigos, porque los que paraban aguantaban los treinta y cinco grados durante un rato, pero ellos se chupaban todo lo que durase el control con armamento y botas altas puestas en una guerra que tampoco entienden.

Ahí tampoco llueve a gusto de nadie.

Aún así, con todo ello, sí es cierto que algo ha cambiado en el País Vasco. Puedes pasear por las calles sin encontrarte a los padres y familiares de los etarras detenidos montando una gresca o reivindicando el acercamiento de los presos. También depende de cómo se mire lo ves de una manera u otra. Ya no hay pintadas y en las fiestas de los pueblos desaparecen los cuatro payasos que escenificaban ataques de hombres de verde a inocentes aldeanos. Porque sí, todo eso se ha visto durante los últimos años y ya no se ve.

Con todo ello lo que quiero transmitir es que no podemos opinar tan a la ligera sobre este alto el fuego, sobre todo los que vivimos más al sur de Miranda del Ebro. Tienen que ser los propios vacos los que decidan si les vale el gesto o no, y cuando digo vascos no me refiero a partidos políticos más pendientes de las próximas elecciones que de ese posible proceso de paz que puede nacer de una tregua tan chorra, porque por chorradas de menor calado se iniciaron guerras y no hay que remontarse a siglos atrás, sino a unos cuantos años y un viaje a las Azores.

Lo que sí está claro es que hay que dejarles, que sean ellos, los vascos, los que tiren del carro, porque ni todos quieren la independencia, ni todos entienden a ETA, más bien al contrario.