Capacidad para decidir
Javier Salvador, teleprensa.es
Alguien escribió en una ocasión que el más rico presente del cielo es la decisión en el instante crítico en que el alma, oprimida, expresa lo que siente de una manera insólita. Yo creo que la situación actual tiene un poco de ese pasaje de Schiller, porque se ha olvidado lo necesario que es tomar decisiones y con ello se ha perdido ese rico presente del cielo hasta el punto de que ya nadie dice lo que siente. Pero ese silencio mal interpretado como prudente por quien lo ejerce, es recibido como un acto de cobardía por otros y conforme el círculo de influencia del mensaje es mayor, la sensación de caída en picado de quien calla llega a ser insostenible.
Me tienen que perdonar una entrada tan abstracta como la de hoy, pero llevo varios días dándole vueltas a qué papel jugamos nosotros, los ciudadanos, en este combate de boxeo entre partidos, que no es más que un circo con el que entretenernos para que no veamos lo que ocurre entre bambalinas.
La falta de capacidad para decidir en tiempos tan complicados como éstos no sólo nos afectan de cara a una reforma laboral o respecto a medidas que se deban tomar para frenar el déficit. El partido en el gobierno, perdido en un escenario en el que no se siente cómodo, sin libreto que le ayude a representar la escena final de su obra y con un miedo insuperable a ser despedido por el público entre abucheos y no con aplausos, ha provocado un efecto cascada que no sólo afecta a la inacción del Gobierno, sino a cualquier estamento inferior a éste, y lo hace de tal manera que los propios socialistas no saben qué partido les toca manejar ni quiénes son los líderes a seguir.
Pero si en las filas de izquierda hay problemas, en las de la derecha se agarran a la crisis y sus efectos para que nadie interiorice más de la cuenta en su cruda realidad. Un partido desecho por la corrupción de los casos Gürtel, Palma Arena o Castellón, dividido por una bicefalia evidente y letal entre Rajoy y los mejor posicionados en el entorno de Aznar, ha anulado por completo la capacidad de oposición y, mucho peor aún, aniquila cualquier atisbo de cordura para dar respuestas a la situación actual por el mero hecho de que no encuentran las necesarias para normalizar su propia situación interna.
Ayer conocíamos que en Almería son más de 14 los alcaldes imputados por delitos urbanísticos, nada menos que casi un 14% de los que existen en la provincia de los cientos dos pueblos.
A un año justo de las elecciones municipales, parece como si desde los partidos se nos lanzase el mensaje de que la corrupción es el menor de nuestros problemas y de hecho les mantendrán en sus listas, pero resignarnos a creerles es tirar la toalla y abrir las puertas de la caja fuerte para que se lleven todo lo que quieran.
A esta crisis se llegó por la corruptela del sector financiero, mantenida al mismo tiempo por otras en sectores tan diversos como conectados, tales como el urbanismo y la política, porque en definitiva fue esa elite la que movió los mercados, generó las falsas expectativas y provocó un crack del sistema de proporciones tan insospechadas como los cuatro millones de parados que hay en España.
Y la gran pregunta es ¿realmente le importa algo a políticos que cobran más de 80.000 euros al año? Pues en estos momentos no les preocupa lo que pasa alrededor, sólo lo que afecta a su supervivencia, a mantenerse en la cuerda floja de la reelección para así arañar cuatro años más de posición preferente.
Esa y no otra es nuestra realidad y si no lo creen hagan una prueba muy sencilla, propongan a todos los políticos que ninguno de ellos cobre más de la media del sueldo de un funcionario. Que un diputado se lleve lo mismo que un alcalde, que un concejal, y paguemos extraordinariamente al presidente del Gobierno y sus ministros. Averigüemos quiénes están ahí por convicción, por ideología, para servir al ciudadano y quiénes lo hacen en beneficio propio. Y ojo, yo conozco a unos cuantos que aceptarían el cambio, porque sienten los colores que representan, pero otros, la gran mayoría, saldrían en estampida.
Por ello creo que el problema está en la falta de decisión y sólo lo solucionaremos cuando estén dispuestos a decir lo que sienten, a hacer lo que particularmente creen justo, sin temer consecuencias de partido, creyendo en las ventajas para el ciudadano.
Ya nadie cree en la política y esto hay que arreglarlo, porque todo se reduce a saber quién roza la mayoría absoluta. Para eso hemos quedado.