Aires de Grecia
Javier Salvador. Periodista
Hace mucho que trato de encontrar sentido a tanta tontería que se escribe en medios de comunicación sobre la salida de la crisis, los planes de ajuste, los miedos, las amenazas y todas esas cosas que intentamos digerir para aceptar que no hay otro camino que asumir lo que viene sin llegar a imaginarnos que nos están dando gato por liebre.
Parece que todo se reduce a que asumimos sin rechistar lo que impongan cuatro iluminados o nos toca respirar los mismos aires que recorren Grecia de este a oeste.
Desde hace tres años tenemos claro que vivimos una realidad distinta a la que tenemos que ajustarnos. Hemos aceptado que contamos con mucho menos dinero, que ahora se reparte de otra manera y que nuestros hábitos tienen que cambiar. Poco a poco nos hemos metido en ese reseteo, en un volver a empezar, pero mientras nostros asumimos ese cambio vemos como el estamento político sigue igual, con sus mismos sueldos, trolas, trampas, ambiciones y totalmente de espaldas a la realidad de las calles. Hemos asumido que no hay unos mejores o peores, y hasta aceptado que todos son iguales, pero al mismo tiempo se abre en la sociedad una brecha, una herida de difícil curación que hace recordar esa España partida en dos, y esta vez no va de derechas o izquierdas, sino de aquellos que creen y los que no tienen ninguna confianza en que esta clase política sea la solución de nada.
Hasta hace muy poco veía en aquéllos que no acudían a votar el día de las elecciones a personas que faltaban a un deber ciudadano que creía importante, creía en aquello de que nuestro deber es ser útiles no como quisiéramos, sino como podemos. Y sí, uno de esos poderes que se nos otorga es el de decidir quién nos gobierna ¿Pero y si llega el punto en el que te da igual quien lo haga?
Imaginen que en las próximas elecciones andaluzas sólo acudiesen a votar un 35% del censo electoral, es decir, que mayoritariamente se le diese la espalda al sistema, porque es el sistema en sí el que ha fallado y no es capaz de proteger a sus ciudadanos. Es más, si tanto tenemos que cambiar, por qué no aprovechamos para cambiar también el formato de nuestras decisiones.
Pero sigamos con el ejemplo, porque lo duro de verdad es que si eso sucediese, si mayoritariamente nos abstuviésemos de votar, el partido que ganase con esa pequeña participación estaría igual de legitimado para formar gobierno y decidir por todos.
Pongamos un ejemplo. Hace unos días hice un pequeño sondeo entre amigos de derechas e izquierdas, la opción era muy sencilla y el resultado escandaloso. Ninguno de ellos creía que el líder de sus formación tuviese soluciones de nada y aceptarían a cualquier otro en su lugar. No obstante todos creían que si la reforma laboral era dura eso cambiará el panorama electoral en Andalucía, pero particularmente no creo que así suceda, y de hecho la crisis de los socialistas en la región pone en bandeja otra victoria al PP sin necesidad de despeinarse, pero la gran pregunta es ¿Sería más justo que volviese a ganar el PSOE? Pues no, sinceramente no.
Tiene que darse un cambio, pero no es en lo político, sino en lo personal, en lo que entendemos como qué o cuál es nuestro deber en estos momentos y creo que pasa por movilizarse, por plantar cara y dejar claro que, se vote a uno u otro partido, se exige un cambio en la forma de hacer política, en los políticos, en sus cometidos y en lo que cuestan al ciudadano, porque la verdad que no queremos mirar es muy distinta al lamento constante que escuchamos en cada esquina sobre lo mal que va todo y la certeza de que irá a peor.
Aunque no lo crean ahí fuera aún hay un mundo cargado de oportunidades. Hay empresas que siguen invirtiendo, que generan empleo, que tienen perspectivas y quizás nuestro primer deber es dejar mirar tanto a los políticos y sus políticas y empezar a mirar a quienes no se han parado, hablar de ellos, copiar sus movimientos porque ellos son precisamente quienes menos piensan en los políticos que les rodean.