Evangelio

Hay un hecho sorprendente para quienes viven la Semana Santa por primera vez. Igual que los enfermos y los pobres se acercaban a Cristo pidiendo la curación y el remedio, así lo hace la gente sencilla ante la imagen del Nazareno, al que siempre acompaña María, cuando procesionan por su pueblo. La historia se repite.

Contemplamos y revivimos todas las realidades más significativas de la Pasión de Jesucristo, hechas carne de madera viviente por los prodigiosos imagineros y artistas, ellos mismos de talla religiosa excepcional.

Cualquier español que contemple la imagen de la Virgen o el Cristo de su pueblo sintoniza inmediatamente con unas señas de identidad características e irrenunciables de la fe católica de nuestro pueblo. No hace falta dar ninguna explicación; con ver la imagen basta; todo el mundo sabe quién es y qué significa. Incluso muchos que dicen que no. Lo saben. Otra cosa es que no quieran saberlo... Y lo saben, a pesar de todos los esfuerzos, más o menos sistemáticos, más o menos orquestados y programados, por tratar de conseguir que se deje de saber. Son señas de identidad inequívocas, ineludibles y radicales, porque hunden sus raíces en la misma esencia de nuestro pueblo y de nuestra cultura de siglos.

Sin embargo, tan irresponsable sería desconocer los indudables efectos que la descristianización ha producido entre nosotros -y, si no se le pone remedio cuanto antes, seguirá produciendo crecientemente-, como empeñarse en desconocer la consistencia profunda que en nuestro tierra tiene la fe católica, de la que son meollo y cumbre los sagrados misterios que celebramos esta Semana, que por algo la escribimos con mayúscula y la llamamos Santa.

En el evangelio de hoy, Jesús aparece en una cabalgadura humilde, para que nosotros demos testimonio de Él en la sencillez de nuestro trabajo bien hecho, con nuestra alegría y con nuestra sincera preocupación por los demás.

Conocemos por la historia, que aquella entrada triunfal primera que hizo Jesús a las puertas de la capital judía fue, para muchos, muy efímera. Los ramos verdes se marchitaron pronto. El hosanna entusiasta se transformó cinco días más tarde en un grito enfurecido: ¡Crucifícale! ¿Por qué ese cambio tan brusco, por qué tanta incoherencia? Es la reflexión que, en la mañana del Domingo de Ramos, nosotros mismos nos hacemos, sobre nuestra relación con el Señor a lo largo del año.

Y todo esto.., ¿para qué?... Para llegar cada año, en el albor de la primavera, a la tarde decidida del Viernes Santo, y quedar, con el ánimo en suspenso y abierto a la esperanza, mirando a la Cruz donde agoniza Cristo, y decir, como el centurión romano en la cima del Gólgota: «Verdaderamente era Hijo de Dios».

La misión del sacerdote en este tiempo tan significativo es, tan sólo, ayudar a la gracia del Espíritu Santo a desempolvar los corazones de los creyentes, para que puedan ver de nuevo, con ojos de fe, el verdadero rostro del Nazareno y su Madre, que durante todo el año pasan por sus calles en el prójimo y en los más necesitados.