Yo pedía un elefante

Sábado, 23 de Junio de 2018

Yo pedía un elefante

01 de Diciembre de 2017 10:05h

Loly Cruz, periodista
Loly Cruz, periodista

Me rechinan los oídos, culpa de los villancicos. Me atormentan los peatones, culpa del extremo consumismo.

A un lado, una niña de unos cinco años de edad bebe agua de un charco, la pobre mía tiene sed. Mis patriotas tienen más suerte, se sacian con un champán de unos 300€ la botella, poniendo el precio por abajo, normal... es Navidad. Me giro y veo a un señor reguardado del frío en el cajero de Cajamar, el de la esquina del Paseo. En frente, saliendo de la casa del Amancio una señora que se resguarda del mismo viento con un bicho asesinado que le cobija en forma de abrigo, normal en estas fechas... las mejores galas. Y sonrío, veo a una madre y supongo que a una abuela, saliendo con diez juguetes de navidad, es evidente... hay que dejarlos debajo del árbol que para eso se puso en el puente de diciembre. 

La navidad es eso. Juerga y comida sin freno e ilusión. Ilusión escogida como excusa. Un motivo para juntarse, regalar para demostrar amor, suculentos platos y a bailar. 

Cuando era pequeña recuerdo que pedía un elefante y ahora lo entiendo. Nos dicen que es la época del año donde más cosas raras se van a pedir, todo ello con el goloso dinero de por medio, por supuesto. Inocente de mí, que pedía un elefante a esos hombres que seguro inventaron como excusa para demostrar que al bolsillo de cualquier persona le puede faltar para comer, pero no para complacer. Yo pedía un elefante, normal. Me decían que pidiera, total, venía de Oriente y si me había portado bien… cualquier pedido era merecedor de ser recibido. Nunca me llegó.

Un juguete una ilusión y tan verdad y tan mentira. Si los tres magos hubieran venido con mi pedido, hubiera sido víctima de lo que llamo la ilusión moderna, es decir, momentánea. Lluvia de sonrisas para niños y niñas que bailan al son de villancicos mientras son grabados por 300 cámaras, vale sí, he exagerado, son solo dos, mientras quitan el embalaje de sus 16 regalos. El primero, locura. Al segundo, alegría. Al tercero, ya se han cansado de quitar papelitos de destellos. Ilusión momentánea que ya se aferra a la tradición. Sería un puntazo ver un vídeo de aquellos niños y niñas que quitan el embalaje de una muñeca de trapo o de un tractor, no amarillo pero sí casero. Locura en estado máximo. Ahora entiendo la navidad.

Pero he de reconocer que bailar con villancicos, tocar castañuelas, comer a reventar y sacar las mejores galas, hace ilusión. Excusa, es eso. Religión justificada si a ella te aferras para levantar cabeza. Igual en navidad, una excusa justificada si de ella va a depender juntarte, bailar y cantar, sonreír y ver a esos pequeñines como impacientes y sin pegar ojo la noche de antes, esperan ansiosos la llegada, por la ventana o por la chimenea, de esos magos, con cada uno y más de los pedidos que le hicieron al son del acribillamiento de los anuncios de las casas de juguetes. También, comercios que tienen derecho a una época de respiro, como ves, no soy radical. Peluquerías y salones de belleza a reventar. Bares y restaurantes sacando sus mejores carnes. Supermercados y tiendas de barrio sacando un dinerillo extra. Buenas fechas para llenar arcas y malas para vaciar las caseras.

Al hilo de la llegada de la ansiosa navidad, llegan los achaques. Víctimas de ansiedades por querer ofrecer lo mejor. No hablo de sonrisas, ni de alegrías, ni de bailes o cantes; hablo del estrés y la ansiedad por buscar hasta debajo de los colchones esas monedillas que quedan escondidas para complacer. Complacer con lo material. Materialismo en estado puro. Nervios y prisas por hacerse con los mejores juguetes. El cómo lo dejamos para después, ahora importa el cuándo. Juntar billetes para gastar en el Corte Inglés, como si de ello dependiera que el nene o la nena deje de querer. La bicicleta más cara. El coche de Spiderman, pero no de marca blanca. La PlayStation con el último juego del mercado. Ese nenuco que lejos de ser un muñeco normal, es un nenuco! por favor…

Yo me pedí un elefante, pero ahora se lleva eso de pedir un perro. Un perro pequeño, marrón chocolate o con lunares, con mucho pelo para poder peinarlo y cariñoso, y por favor, que no ladre demasiado. El refranero que dijo eso de “tirado como un perro” llevaba mucho visto, pues como decía mi abuelo, que en paz descanse, los refranes llevan más de verdad que de falsedad. En carreteras cuando crezcan o cuando me quede sin tiempo. En el patio, porque se mea de vez en cuando, o tampoco, porque me rompe las macetas, entonces… a la perrera! Una sociedad que camina boca abajo y perdonen las molestias, pero con la cabeza hueca y sin sangre en las venas.

Y ya me callo, que hay que ser políticamente correctas. Así que, a bailar y a cantar. A comer hasta reventar. A juntarse y a disfrutar. A ver a los/as pequeños/as brillar. Así, sí es bella la Navidad. Yo pedía un elefante y ahora... entiendo el porqué.

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