Vínculos invisibles

Viernes, 22 de Marzo de 2019

Vínculos invisibles

30 de Enero de 2019 13:27h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

Algunas veces nos sentimos perplejos y perdidos entre inseguridades y miedos. En la vida establecemos todo tipo de vínculos, entre visibles e invisibles. Entre lo afectivo y lo social, lo profundo y lo superficial, lo ideológico y lo político los vamos tejiendo y destejiendo salvando obstáculos y dificultades.

Uno de los campos en los que sufren más agresiones y corren más peligros, es en el de las relaciones políticas. La lucha por el poder, saca lo mejor y lo peor de cada cual y pone en evidencia la fortaleza y la debilidad de nuestros vínculos.

Dice Saint Exupèry, en su obra Tierra de hombres, que “solo hay un lujo verdadero, y es el de las relaciones humanas” .Si se mantiene, alimenta y acrecienta en la política no es un doble mérito sino un milagro ya que lo esperado es que surjan discrepancias, diferencias, divisiones y rupturas.

Por citar solo algunos casos a lo largo y ancho de nuestra etapa de las últimas cuatro décadas de democracia en nuestro País, ahí tenemos los ejemplos de Felipe González y Alfonso Guerra, José María Aznar y Rajoy , Pedro Sánchez y Susana Díaz , Carles Puigdemont y Oiol Junqueras o el último de los divorcios entre Pablo Iglesias e Iñigo Errejón.

La política no es un buen escenario para hacer amistades inquebrantables, y aprendemos que somos seres dinámicos y cambiantes, que corremos entre riesgos imprevisibles y a veces caminamos a tientas, con más duelos que alegrías cuando nos va mal, y más satisfacciones que penas cuando ocurre lo contrario.

Todo está en peligro en todo momento, si lo que está en juego es comprobar quién se hace con el poder, contactos que no fructifican y relaciones que se destrozan, encuentros que se convierten en enfrentamientos, y sintonías que funcionan según los intereses del momento.

En un mundo, que no es ni de príncipes ni de hadas, repleto de incógnitas y rumores, casi todo el mundo aspira a hacerlo lo mejor posible, actuando con cautela ante los imprevistos y con prudencia frente a los de sobra conocidos.

Si queremos mantener unas relaciones políticamente y mentalmente saludables, hemos de estar dispuestos a hacer concesiones, sin que nos dejemos invadir por las ideas fijas, ni dejarnos llevar por obsesiones paralizantes.

Cuando nadie conoce a nadie es que algo malo está ocurriendo, y esa falta de comunicación, hace que fracase la fuerza de la razón y se termine imponiendo la razón de la fuerza, y en esa relación con los demás desaparece el nosotros para quedarse con todo el yoismo, en una especie de culto a la personalidad.

Si nos sentimos mejor con nosotros mismos, seremos capaces de relacionarnos mejor con los demás, y lo pequeño se agranda, y lo grande se relativiza, somos implacables con lo que parecía invencible, no cedemos a chantajes ni nos arrugamos ante gritos y adjetivos gruesos.

Hablando con los demás somos capaces de abrir nuestros horizontes y reactivar los proyectos de todos. Cuando nuestro encanto está en auge, es que hemos tomado con toda velocidad el camino del éxito y abordamos hazañas irrepetibles.

En la seguridad somos capaces de andarnos con mil ojos para no retroceder, evitando compañías tóxicas y descubriendo el beneficio de trabajar juntos y sumar esfuerzos desde la realidad, pero también constatamos que llegado un momento no soportamos ni lo que dice el otro, ni su presencia y rompemos el vínculo para iniciar nuestro propio camino, y continuar haciendo equilibrios en el alambre.

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