Una tarde especial

Sábado, 20 de Abril de 2019

Una tarde especial

08 de Febrero de 2019 12:35h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

Podemos contemplar la realidad en blanco y negro o en colores, Aquella tarde estaba siendo especial y algo accidentada. No sabía muy bien cuál era la razón, pero la humedad en el piso de arriba de su casa derramaba goteras sobre el salón: Estaba claro, que debía poner solución a aquel problema.

Arreglarlo supondría una verdadera tormenta sobre la cabeza de Recaredo; ya que se imaginaba que en su cerebro también nacería agua, pero nada de ínfimas gotitas, y tal vez demasiados goterones con rayos, truenos y lágrimas realmente mojadas.

Se daba cuenta de que había mucho más líquido en sus ojos que en el techo de su casa. Había algo que le llamaba especialmente la atención y le preocupaba, era ver como el agua amarillenta de la pared ensuciaba la tapicería del sofá y carcomía los muebles.

En medio de aquel desastre, llegó a la conclusión que no tenía más remedio que llamar a los fontaneros, y quizás de la mano de los mismos a los pintores para que aquello no empeorará y fuera a más. Tenía que poner fin a ese desbarajuste.

Como Recaredo era una persona conocida. No en vano, durante los últimos veintiún años había sido el sepulturero de su pueblo, Cumbres de Enmedio en la provincia de Huelva, que con sus 52 habitantes ostentaba el récord de ser el lugar menos poblado de Andalucía.

Al final encontró a Ruperto y Ragnar, argentino y noruego, respectivamente, que llevaban viviendo en aquel lugar de la Sierra onubense nueve años, y eran pareja de hecho desde hacía más de quince. A los tres días se pusieron arduos en el empeño y la tarea.

Durante doce agotadoras jornadas no pararon, entre tubos, canaletas, cubos y pinturas arriba y abajo. El resultado final fue excelente, ya que todo relucía y el olor a humedad había desaparecido. Incluso la tristeza que antes invadía a Recaredo se había transformado en una actitud optimista y alegre.

Aunque tenía brechas sin cicatrizar que sangraban a menudo, intentaba vaciar su mente y con cuidado abrir la caja fuerte de su cabeza, y pasear libremente por la vida como si no le importara nada, y como si nada pudiera influir en él.

Tampoco sabía muy bien porque, casi siempre veía las fotos de su vida en blanco y negro. Algunas veces se preguntaba insistentemente, porque no observaba con más frecuencia la realidad llena de colores, porque se lamentaba en la oscuridad sin encontrar soluciones en la luz.

Algo gordo e impactante había ocurrido en la vida de Recaredo, que nunca había logrado superar. Quizás la muerte de su madre cuando él apenas tenía siete años, su fracaso matrimonial, su mucho estudiar para nada, y su poca habilidad para las relaciones con los demás, que le hacía aparecer como un insociable.

Había tantas cosas, que no era capaz de superar. Sus recuerdos eran casi todos en blanco y negro, y los retratos, todo lo más eran una colección de grises congelados, que no volverían jamás a hacerle reír. De pronto algo ocurrió. Era como si todo se hubiese parado.

Intentaba hablar y no podía articular palabra, hacía esfuerzos por moverse y se sentía como paralizado. No sabía muy bien, cuanto tiempo hacía que no ingería bebida ni alimento alguno. En verdad, desde el principio de esta historia no había dejado de sangrar.

Recaredo estaba muerto. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Es posible que llevara sin actividad cerebral más tiempo de lo que pensaba, Cosas y casos del ser humano, que se olvida de vivir

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