Un día de trabajo

Martes, 18 de Diciembre de 2018

Un día de trabajo

05 de Diciembre de 2018 12:01h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

Ejercía un difícil y complicado oficio, poco rentable y lleno de incertidumbres, el de escritor. Casi siempre, con su cuaderno de notas y su pilot como eternos acompañantes a la búsqueda de cualquier detalle o acontecimiento, de un personaje o una historia, o tal vez de ambas cosas.

Elisardo era un ser extraño de costumbres normales, como un racimo de uvas o un imán con su gente, a sus 36 años no había abandonado el nido familiar. Soltero, tras varios intentos fallidos de relación, se encontraba cómodo en la dependencia materna, de Adriana, una señora que desde su viudez, a sus 70 años mantenía una gran energía y un fuerte carácter.

Aquella mañana de martes parecía la de un día cualquiera, situado delante del ordenador , con el móvil cerca pendiente del resto del mundo y un café en la mano, y su corazón como siempre tranquilo y a 58 pulsaciones , y una tensión arterial de 11 y 6.

No sabía porque motivo o razón, estaba enganchado a sus recuerdos, a sus amigos y amigas de la infancia, a los que fue conociendo en los años del colegio, o con los que se corrió algunas juergas en los de Universidad. A todos los conservaba en su memoria, los llevaba consigo y pensaba que le dirían en algunas de las situaciones que estaba viviendo.

Eran las ocho de un nuevo día, y parecía que todo el mundo estuviera dispuesto a despertarle y viceversa y él a su vez fuera la campana que pusiera en pie aquel bello pueblo de la Sierra de Aracena que era Alájar. Su perro Matu le observaba, con sus ojos oscuros grandes y brillantes.

Estaba dispuesto a conquistar aquel día y aquella pantalla en blanco del ordenador. Abstraído en sus sueños, se encontraba a la caza y captura de alguna idea con la que construir o decir algo diferente, y contarles a los lectores algo que atrajera su atención.

Nuestro protagonista, Elisardo sintió como un escalofrió, como si una extraña sensación recorriera su cuerpo. Había abierto la ventana de su dormitorio, asomada al mar y el olor a sal le invadía como si de un profundo perfume se tratara.

Hacía casi seis años, los mismos en los que perdió el amor de su vida, Elena, que había fallecido de un cáncer, en los que se había colocado la careta para no amargar a los demás, aunque arrastraba su vida como una carga pesada. En el fondo y en sus formas era como un actor, de colores por fuera pero gris y triste por dentro.

En ocasiones, tenía sus bajones emocionales, y no mostraba ganas e ilusión por su papel en este teatro del mundo. Sus pocas horas libres, las llenaba como podía, sintiendo la helada sombra de la soledad de estar en compañía de pocas o muchas gentes. También cuando se ponía, de forma decidida y determinante a escribir, y se enganchaba con un personaje y sus peripecias, descubría lo pequeño y lo grande que era nuestro mundo.

Hacia tan solo cinco días que las cosas parecían querer cambiar. Había conocido a través de internet, una maravillosa mujer, María, que parecía interesarse más como era y vivía, que por qué estaba intentando encontrar con quien comunicarse.

Aquel día, por la tarde, a las ocho y media, en la Cafetería Atardecer, habían quedado. No habían querido, a propósito tener ninguna videoconferencia, ni se habían dado claves de cómo eran físicamente. Preferían descubrirse en una relación cara a cara, y este martes, iban a descubrir cómo eran.

Elisardo se pasó la tarde, delante del ordenador escribiendo una historia, que bien podía ser la suya, mirando permanentemente el reloj. Eran las ocho de la tarde cuando se dio el último repaso con el peine, se empapó de colonia y desodorante y emprendió el camino hacia el centro de la ciudad, en cuya plaza más emblemática se encontraba la Cafetería Atardecer.

Este encuentro enigmático, que era como una cita ciegas, y del que aunque no esperaba gran cosa imbuido en su escepticismo, le hacía preguntarse ¿Por qué mi corazón late tan fuerte? ¿Seré capaz de reconocerla a la primera? ¿Qué impresión le causaré?

Llegó al lugar que había quedado, diez minutos antes de lo previsto. De pronto sintió una mirada en su cuerpo y levantó los ojos para cruzarse con los de María. Era como si algo invisible le hubiera golpeado en todo su ser. Experimentaba la sensación de estar lleno, mientras una voz cálida le preguntaba:

¿Tú debes ser Elisardo?

A lo que respondió con otra pregunta:
¿Y tú Maria?

Se besaron en las mejillas en señal de saludo, que más que una estrategia de acercamiento, surgió como un impulso, un movimiento espontaneo, un lenguaje no verbal de quienes parecían conocerse desde siempre.

Desde el primer momento se cogieron de sus manos y charlaron sobre esa extraña sensación que ambos compartían:

-No te parece, que podemos estar viviendo un sueño.

Es posible, María, pero aprovechemos cada minuto y mientras avancemos, porque primera vez en mucho tiempo, encuentro luces nuevas y brillantes al fondo del camino.

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