No va de quien gana, sino de lo perdido

Sábado, 17 de Noviembre de 2018

No va de quien gana, sino de lo perdido

05 de Julio de 2018 13:29h

Javier A. Salvador
Javier A. Salvador

Poco más de 66.0000 electores censados para elegir al presidente de un partido político de ámbito nacional, evidencian que esa formación ha dejado de ser una opción real de gobierno para un país de más de cuarenta millones de habitantes. Así las cosas, el problema al que se enfrenta el Partido Popular, además de la propia arrogancia que le lleva a no reconocer su fracaso, no es precisamente saber quién dirigirá la formación a partir de ahora, sino lo perdido hasta este momento. La clave la dio hace unos días un siempre incómodo José María Aznar, porque a nadie le gusta reconocer la verdad cuando evidencia un error de estas proporciones. Él, con su especial talante, aún siendo el responsable orgánico de todo lo que se hizo mal en su época, de la corrupción que nació a la sombra de su mandato delegando funciones en personajes como un Javier Arenas hoy pegado a Santamaría o un Matarí ligado a Cospedal, dejó a los populares con tres millones más de votos de los que fueron capaces de atraer en los últimos comicios.

El problema de los populares es que, ciertamente, han dejado de ser esa opción que agrupaba a todo lo que había a la derecha, porque ahora no están solos y ni tan siquiera conocemos aún a todos los que serán. A partir de ahí se produce esa segunda derivada de quiénes les darán cobijo a partir de ahora, porque no olvidemos que son más de 23.500 las personas que a día de hoy ingresan un sueldo como cargos electos, y a esos hay que sumar el ejército de asesores y personal de libre designación que tienen repartidos en cada una de las administraciones en las que están y en las que, a día de hoy, no se les vuelve a esperar. Para conocer el futuro de estos emigrantes hacia la realidad de la España de sueldos mileuristas y contratos basura, lo primero es dilucidar si fueron buenas personas mientras gestionaron los espacios públicos en los que representaban no sólo a unas siglas, sino a ellos mismos, y a partir de ahí obtendrán el resultado esperado de a qué se van a dedicar a partir de ahora, de dónde procederán sus ingresos.

Lamentablemente el miedo que corroe las bases del Partido Popular no es por la pérdida de su modelo ideológico, de los conectores con el electorado posible, sino que aquello que realmente les importa a quienes pugnan por buscar cobijo en el paraguas de uno u otro ganador del proceso electoral abierto, es saber quién puede hoy garantizarles el futuro más inmediato, el de mañana mismo. Y esos dudosos currículums de vicepresidentes de diputación que entraron con carreras técnicas sin acabar y que ahora son hasta graduados en derecho por universidades que rara vez han pisado, no cuentan para el verdadero mundo laboral.

Las operaciones tipo Antonio Sanz, que un día deja de ser Delegado del Gobierno en Andalucía y al siguiente ocupa escaño de senador se han acabado, y posiblemente él sea el último de esa élite a la que hay que buscar sitio. El resto no va a tener tanta suerte, y peor aún, los que quedan no son de aquella vieja guardia que antes de incorporarse a un cargo público tenían su día a día asegurado porque quien no era empresario o funcionario de carrera, había sacado oposiciones de abogado del Estado o registrador de la propiedad.

El drama está servido, las encuestas no hacen más que agravarlo y el camino que queda pasa por la división, aparición de nuevas tendencias y, en un futuro, armar una segunda refundación de la derecha como ya se hiciese antaño bajo una única formación. Ahora bien, ¿alguien cree que tiene cabida en esta Europa nuestra el bipartidismo a la americana? Puede que sí, pero no será hoy, sino mañana, y ese nuevo día está aún muy lejano.

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