Ni feliz Navidad ni próspero año nuevo

Sábado, 24 de Agosto de 2019

Ni feliz Navidad ni próspero año nuevo

20 de Diciembre de 2018 15:08h

Javier Salvador, @jsalvadortp
Javier Salvador, @jsalvadortp

Creo sinceramente que ningún hombre puede desearse una feliz navidad ni un próspero año nuevo porque, sencillamente, no nos lo merecemos. Ninguno.

No seríamos nada, realmente no existiríamos, sin esa otra mitad de la especie humana a la que prácticamente estamos machando con violencia, y digo estamos, consciente de que me caerán hostias como panes, porque es nuestra responsabilidad, la de todos, generar unas condiciones mínimas en las que puedan vivir con igualdad y lo más importante, con seguridad. Alucino cuando, ahora, todos escuchamos atentamente cualquier idea para proteger a las mujeres cuando salgan a correr, cuando la solución no es acampañarlas o crear una barrera de protección, sino garantizarles que sencillamente no les va a pasar nada por el hecho de ser mujer e ir sola.

Y sí, es posible, pero para eso hay que demostrar valentía, ese valor que parece que se nos presupone por el mero hecho de calzar calzoncillos. Alguien escribió en alguna parte que en las cosas pequeñas, más que en las grandes, se conoce muchas veces a los hombres valerosos, y lo que nos falta, lo que ha generado precisamente la situación a la que hemos llegado es un déficit descomunal de pequeñas acciones, como el hecho de no aceptar la realidad de nuestra indolencia ante una crisis real. Y la situación es tan triste y deshonrosa para todos que a día 21 de diciembre no podemos ni tan siquiera decir cuantas mujeres han sido víctimas de violencia de género este año, y no podemos porque sencillamente damos por hecho que hasta la primera campanada de 2019 habrá más.

Vamos a dejarnos de medidas que socialmente queden bien, de poner lágrimas de cocodrilo en las redes sociales cada vez que aparece un caso como el de Laura Luelmo. ¡Joder! Que eran 26 años de pura ilusión por haber encontrado un trabajo como profesora a 600 kilómetros de su casa.

Tenemos la obligación ya no sólo moral, de trazar un punto y aparte, asumir nuestras culpas, pedirles perdón, y llenar el día a día de esas pequeñas cosas que realmente demuestren valentía. Las acciones protesta que reclamen igualdad tienen que dejar de ser cosa de mujeres para casi, primordialmente, que sean cosa de hombres por ser nosotros los que hemos generado el problema. La prevención de los casos con la denuncia de indicios, es otra pequeña gran cosa. Frenar en seco los comentarios de bar como si fuese un insulto a nuestras propias madres, o avergonzar públicamente a quienes lancen esas miradas que parece que desnudan a la mujer en la calle, en un gimnasio o en la oficina.

Ya vale.

Hay que ejercer tal presión social que todo aquel que ose atacar en cualquiera de los sentidos o escenarios posibles, entienda que no sólo tendrá una sanción judicial, sino también social, porque sólo cuando al agresor le identifiquemos como un auténtico cobarde, como un apestado que no merece la compasión ni de sus compañeros de prisión, sólo en ese momento habremos puesto la primera piedra que le falta a los cimientos de las políticas de igualdad y los planes de prevención contra la violencia hacia las mujeres.

Y esa piedra somos nosotros, los hombres, que parece que nos hemos puesto en el camino como auténticos mojones, impasibles, sin hacer realmente lo que nos dicta la conciencia, en vez de convertirnos en una verdadera arma arrojadiza por nuestro bien, porque sin ese otro cincuenta por ciento no somos nada. Ni tan siquiera existiríamos.

Lo lamento mucho, pero no puedo desear ni feliz navidad ni próspero año nuevo a nadie. No en este momento ni en estas condiciones.

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