Luz Apagada

Sábado, 26 de Mayo de 2018

Luz Apagada

31 de Enero de 2018 18:14h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

De pequeña y hasta los doce años, había sido una niña y una púber alegre y decidida, como si tuviera el universo en sus manos. Demostraba en muchas ocasiones  una madurez impropia de su edad, y una serenidad que asombraba a todo el que la conocía.

Con tales antecedentes, era hasta cierto punto lógico, que los adultos que la rodeaban le exigieran por encima de su edad y posibilidades, y llegó una mañana de un día cualquiera, en la que Luz se apagó. Y toda esa viveza, alegría e inquietud, quedó como paralizada.

No sabía, que era lo que había parado su reloj, pero no era la misma persona sino la antagónica, y en ese mar de dudas, tal vez debía abandonar toda esperanza de recuperación. Se sentía rodeada de extraños que le hablaban en un lenguaje  del que no entendía nada.

Este silencio mental, le parecía como si hubiese roto puentes con el resto de la humanidad. Quizás fuera prisionera de un desequilibrio que le llevaba a actuar de forma alocada. Tenía que superar esta parálisis que le conducía a una borrasca sin sentido.

Luz Apagada había pasado de un carácter abierto y extrovertido a una actitud oscura y desconfiada. Ahora solo veía conjuras y conspiraciones que le hacían sufrir y le daban muchos quebraderos de cabeza., lo que le hacía en algunas ocasiones saltar de pena y morir de alegría.

Lejos del negativo, entre lo placido y lo convulso, lo natural y lo artificial, los amores y los amantes, lo regio y lo majestuoso, mantenía un secreto celosamente guardado. Debía liberar su mente del estrés y proponerse encontrar cosas nuevas y distintas.

Se había metido en un mundo lleno de frases demoledoras, de mensajes subliminales, con anuncios  y denuncias, con incógnitas sin soluciones, con más amargos que dulces, más engaños que verdades, más sufrimientos que diversiones.

Estaba dispuesta a dejarse guiar por su corazón. Estaba segura que era el mejor camino para encontrar la felicidad. No quería precipitarse en sus juicios de valor y pensar que las cosas son peor de lo que realmente parece que son.

          Apagada, se había quedado sin ambiciones, pero si era víctima de sus obsesiones. Contemplaba su  vida desde otro punto de vista y lejos de pavoneos y ostentaciones, excusas y justificaciones, debía buscar un tiempo para estar sola, para la meditación y el silencio, para salir a dar un largo paseo.

Luz estaba  decidida, para que la realidad no le superara, por encima de fracasos y frustraciones, apartándose de personas tóxicas e irritantes, tenía que plantearse cambiar ciertos hábitos y costumbres. Tenía que ser sincera con sus sentimientos y emociones.

Era el momento perfecto para cambiar las cosas. Entre la ilusión y ese estar por encima de los privilegios y las prebendas, victorioso ante la adversidad y disfrutando de la alegría del momento., procurando el equilibro entre  juicios, perjuicios y prejuicios.

Quería volver a encenderse y era consciente que  había palabras que curan  y otras que matan, entre amores y desamores, recuerdos y olvidos, sabidurías e ignorancias, evoluciones e involuciones, profundidades y oscuridades, prólogos y epílogos, ampliaciones y reducciones, maravillas y vulgaridades.

Pero las cosas iban a cambiar y todo sería distinto, y de nuevo vería las luces encenderse  para encontrar su camino y saber cuál era su destino.

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