Lo que el mar trae y lleva

Jueves, 13 de Diciembre de 2018

Lo que el mar trae y lleva

18 de Julio de 2018 13:19h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

Era principios de Septiembre, mi mes preferido. Uno de esos días de poniente, brillante y luminoso. De esos entre la despedida al verano y la llegada del otoño, que ni terminan de dar la bienvenida ni decir adiós a uno y otro. Me encontraba leyendo el periódico en aquel espectacular mirador asomado al Estrecho en la zona de Punta Carnero.
En la portada, la foto de una persona conocida. Era mi amigo Pepe, vestido como era habitual en él, de traje y corbata. Comencé a leer la noticia con cierta avidez, que se iba transformando en una mezcla de tristeza, culpabilidad e impotencia a medida que avanzaba en la lectura.


Su familia había denunciado su desaparición unos días antes. El cronista abundaba en todo tipo de detalles, como que llevaba las manos atadas con unas esposas. Macabro espectáculo, que nos llevaba a muchas incógnitas y a hacernos preguntas para las que no teníamos respuestas.


Días antes de la aparición del cadáver de Pepe, varias personas habían visto en los alrededores de la zona, a un hombre que respondía a su descripción y características. Vestido con un impecable traje azul marino, manipulaba unas esposas y se tiraba de las rocas, posiblemente ensayando un suicidio.


En esta especie de crónica de una muerte anunciada, me resulto extraño, que nadie de los que había observado una situación tan poco frecuente y singular no hubiera dado aviso a la policía, pero a veces las cosas suceden de manera fatalista y no se puede evitar lo inevitable.
Tal vez no sepamos nunca, si mi amigo Pepe, realmente quería suicidarse o desesperadamente necesitaba llamar la atención para que le arroparan y le expresaran su cariño. Pepe, había sido condenado injustamente la semana anterior, sola por intentar hacer cumplir la ley.
Se había encontrado envuelto en un caso con el que no tenía ninguna conexión espacial ni temporal. Aquella desastrosa y canallesca resolución judicial había arruinado su vida .Él que podía presumir de haber sido y ser a lo largo y ancho de su vida una persona ejemplar.
Pepe había ido poco a poco apartándose de sus relaciones con los demás, aislándose, como si quisiera despedirse de este mundo. Se había ido deshaciendo de todas aquellas cosas, que más apreciaba y quería como sus libros, que eran muchos y valiosos.


Sus amigos y conocidos cada día le veían menos, y pasaban semanas sin cruzar dos palabras con él. Apenas salía de su casa y su único aliciente era, cuando lo hacía, situarse frente al mar y contemplar la cadencia rítmica y armoniosa de las olas.


Un conocido que lo vio antes del lamentable y penoso suceso, me contó más tarde la confesión que al encontrarse a la salida de la papelería en la que ambos compraban cada día el periódico. Le dijo, en un momento de cruel sinceridad que no tenía interés por vivir, y que no quería hacer sufrir a la única persona que le importaba, su compañera de siempre, su mujer, Laura.


He de manifestar que tras la lectura del diario, le recordé vivo, como un hombre afable, educado, trabajador y responsable. En ocasiones mostraba su faceta creativa e incluso un poco extravagante, lo que contrastaba con su timidez.
Desde aquel mirador, en aquella casa asomada al mar, el mejor tributo que podía hacerle a mi amigo Pepe, era extender las manos y respirar a pleno pulmón, como intentando darle un último y postrero abrazo.

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