Jeremías Llorón

Sábado, 22 de Septiembre de 2018

Jeremías Llorón

20 de Junio de 2018 11:47h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

Jeremías tenía mucho miedo, desde pequeño, había sido triste y lastimero y hacía honor a su apellido de Llorón. En cualquier lugar que pasaran lista y pronunciaran su nombre, era motivo de burlas y cachondeos, lo que le provocaba una gran inseguridad que terminaban paralizándole y en lágrimas.

 Le gustaba procesar las cosas al nivel más profundo y emotivo,  para intentar descubrirlo, lo que  le convertía en más sensible ante cualquier situación y se  preocupaba haciendo suyo el problema de cualquier amigo o conocido.

Era muy introvertido, por lo que en esa cerrazón había temporadas que permanecía atascado, y no se abría a nuevas gentes e ideas, sino que su pesimismo le hacía aparecer como paralizado., y demasiado preocupado  por lo que pensaran los demás de él.

Llorón se lo tomaba todo de forma personal, y se sentía culpable de cualquier cosa  negativa que ocurría a su alrededor, pensaba que todo el mundo estaba pendiente de todos sus movimientos para enjuiciarlo y censurarlo. Le costaba tomar decisiones, por temor a equivocarse.

Le angustiaban las  consecuencias de sus actuaciones, y la decepción siempre estaba a las puertas de su casa en sus más variadas formas, con su sentimiento de culpabilidad y tristeza. Eso sí, Jeremías con su sensibilidad y capacidad de observación no perdía detalle de cualquier lugar en el que estaba.

Escudriñaba como si fuera  un escáner a todo el que tenía delante, desde los zapatos que estrenaba hasta la colonia que usaba. A veces, a pesar de su introversión, de esa timidez genética, de ese vivir hacía dentro, se  mostraba extrovertido  y locuaz como si fuera víctima de un ataque de desconcierto.

Tal vez por haber vivido muchas experiencias de ansiedad y depresión, valoraba desproporcionadamente cualquier gesto que le reforzara su autoestima, o que le demostrara que podía hacer bien las cosas. También  era más propenso a sentir fatiga ante un cierto exceso de actividad.

Era muy sensible y sentía pánico ante las películas violentas  o de miedo, y lloraba con facilidad, lo que le provocaba un avergonzamiento impropio. Se mostraba muy considerado con la gente y con muy buenos modales, por lo que valoraba mucho la buena educación.

Para evitar las críticas, trataba de agradar siempre a la gente e incluso criticarse a sí mismo y no mostrar el origen que suscitaba todo lo malo que expresaban los demás. Procuraba desahogarse en la soledad de sus meditaciones y reflexiones, sin trasladar a  los demás su enfado o indignación.

No podía ignorar su tristeza y debía perderle el miedo  a las emociones, y descubrir el poder curativo de las lágrimas y como el llanto, bien administrado, es terapéutico, ya que muchos estudios han demostrado que llorar estimula la liberación de endorfinas, que son las hormonas del sentirse bien

No obstante, tal vez demasiado tarde, y cuando ya había traspasado la frontera de la cuarentena, acababa de cumplir los 42 años, se daba cuenta de la necesidad de estrujar a tope el presente, de no perder el tiempo en disquisiciones inútiles y de plantearse su vida de otra manera.

Había descubierto, que mantenerse triste era una actitud inútil que no convencía  a nadie, que llorar podía  ser terapéutico y liberador en algunos momentos pero no nos resuelve nada, y que si esa lluvia de nuestro cuerpo es consecuencia de la tristeza , nos convertimos en seres aburridos que además de no decir nada , terminamos provocando rechazo y aburriendo.

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