Falsas palabras

Jueves, 13 de Diciembre de 2018

Falsas palabras

28 de Noviembre de 2018 12:59h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

No crean que vaya a echar un sermón sobre las verdades y las mentiras contenidas en los Evangelios, ni reproducir una nueva versión de la canción de Juanes. Tampoco piensen que voy a desarrollar una tesis sobre las mentiras de toda la vida y que ahora conocemos “fake news”.


Nada de lo uno ni de lo otro, sino que me gustaría compartir con ustedes queridos lectores una pequeña, sencilla y humilde reflexión sobre el poderosos influjo de las palabras según, el qué, el quién, el cómo, el dónde y el por qué.


Definir algo, alguien o una situación con precisión, con las palabras precisas y adecuadas, no resulta fácil, y en los tiempos que corren y en las redes que nos movemos es fácil movernos entre bulos, amores, falsedades e incluso injurias y calumnias.


Las palabras se utilizan en al ámbito de la política para esconder grandes mentiras , para dibujar modelos falsos y establecer poderes simulados, hacer interpretaciones erróneas de indicadores engañosos , en un laberinto de operaciones entre calcinaciones , coagulaciones , fijaciones , denigraciones, digestiones , destilaciones sublimaciones , separaciones , ceraciones , fermentaciones , multiplicaciones y proyecciones.


Los mensajes que se producen con falsas palabras no solo encuentran un buen vehículo en las redes sociales para propagarse sin límites, sino que pueden ser recibidos por algunos descerebrados dispuestos a convertir en verdad la más burda falacia.


En el momento actual las redes arden con los mensajes más abyectos, miserables y xenófobos sobre los movimientos migratorios o con mentiras sobre los compromisos del Gobierno con quienes les apoyaron en la moción de censura.


Y algunos caen en la tentación de que con su dogmatismo bañado de populismo “todo vale lo mismo”, pero la realidad demuestra que no es así, que no podemos sustituir las ideas por una sociedad del espectáculo o del olvido de la realidad.


La incultura ha sido siempre un buen caldo de cultivo para propagar las mentiras, si a eso unimos que una gran parte de la población vive el síndrome de la carita cuadrada o rectangular, asomados todo el día la pantalla del móvil, la Tablet, el ordenador o la televisión, la palabra lo tiene complicado para competir con el poder la invasión de la imagen.


Además de leer de forma inadecuada, que no deja espacio a la reflexión, los contenidos que recibimos, son de pésima calidad e inciden en glorificar el culto al dinero, el éxito fácil y situarse en el zenit de la escalada social.


Nuestra sociedad sufre una grave crisis de valores, en la que la convivencia no es la mejor arma, y se impone el yo y el egoísmo frente al nosotros y la solidaridad. Estamos afrontando cada día una mayor desigualdad, en la que la pobreza no es una palabra sino que encierre todo tipo de carencias sino que se ha convertido en un estado de gran parte de la humanidad.


Hemos de convencernos que las palabras tienen un contenido y que nos ayudan a adquirir una conciencia individual y colectiva. Si las devaluamos y les quitamos sus significados, empobreceremos no solo nuestros lenguajes sino la relación y la comunicación entre nosotros.


Al igual que nuestro conocimiento sobre el mundo ha cambiado, también lo ha hecho nuestra forma de expresarnos. Si nuestras palabras se han quedado viejas, sonaran falsas aunque no lo sean.

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