El circo de Alsasua

Domingo, 16 de Diciembre de 2018

El circo de Alsasua

05 de Noviembre de 2018 17:52h

Javier A. Salvador, @jsalvadortp
Javier A. Salvador, @jsalvadortp

Si los animalistas van a Tordesillas a quejarse de la particular visión que allí tienen de la fiesta de los toros, normalmente le llamamos provocación. En el caso que el Gobierno de España opte por retirar los restos del dictador Francisco Franco del mausoleo que se hizo con la sangre y el sudor de los represaliados escuchamos que es un claro llamamiento a resucitar fantasmas del pasado, pero si VOX, PP y Ciudadanos se plantan en Alsasua para montarse una fiesta rodeados de banderas españolas en un lugar en el que no están precisamente bien vistas, esta panda de insensatos pretende que hablemos de heroísmo o valentía en vez de usar términos como provocación o intentos salvajes de revivir fantasmas del pasado. Sí, del pasado, porque por mucho que le duela a cierta parte del panorama de partidos de la democracia española el terrorismo con el que hemos crecido los de mi generación ya no existe.

Entiendo que el uso y disfrute de las libertades debe ser tan amplio y generoso como el del sentido común, pero además de arañar unos planos de informativos y que desde la extrema lejanía de otras regiones respecto del País Vasco se vea como un acto singular y digno de aplaudir, pero desde este lado del televisor, el numerito del domingo creo que no ayuda a nada y menos, precisamente, a quienes viven allí e intentan que el tiempo cierre heridas y que los tímidos gestos de una y otra parte lleven a una normalización.

Cualquier padre que haya podido tener un severo problema con un hijo o con un familiar con el que no ha habido comunicación real durante muchos años, incluso generaciones, sabrá que la reconciliación no llega abriendo una puerta y diciendo aquello de “hola buenas, pelillos a la mar”, sino que es un proceso lento, de pequeños gestos en el que la peor medicina es un tercero que llegue tocando los cojones gratuitamente.

En esas situaciones lo que realmente une a las dos partes es ese momento en el que unos y otros recapacitan sobre la mala intención del tercero, el malicioso interés en despertar fantasmas de un pasado tan reciente como doloroso, y ambos acuerdan casi sin mediar palabra arrinconar al toca pelotas como personaje non grato en su modelo de convivencia, o llamémosle de representación institucional.

Vale para Alsasua y para quienes quieren a toda costa que conflictos como el de Cataluña sigan vivos ante la esperanza de poder sacar un rédito electoral, ya sean independentistas o constitucionalistas, porque aún estoy por decidir quiénes de ambos extremos están siendo más populistas y radicales.

Y ahora les invito a que entren en internet y busquen qué partidos tienen representación en ese pueblo de apenas 7.000 habitantes, qué corriente ideológica es mayoritaria y a quiénes representan aquellos que fueron a agitar banderas de odio a una plaza de su pueblo. Resumiendo, mal uso se hizo de la enseña nacional si realmente se quiere que algún día sea aceptada por todos como un paraguas bajo el que sentir cobijo.

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