Donde me pongo

Miércoles, 23 de Enero de 2019

Donde me pongo

09 de Enero de 2019 12:19h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

Encontrar nuestro lugar en el tiempo y el espacio no es fácil.  A veces la ansiedad nos hace sentirnos como verdaderos estorbos. Pero créanme, este artículo de la columna semanal  en TELEPRENSA, no va de un estudio psicopatológico sobre los efectos de estar perdido.

En este caso, entre el humor y las malas pulgas, la tragedia y la comedia, nos vamos a fijar en aquellos sujetos, que no sé cómo se las apañan, pero siempre se suelen colocar en el lugar más inoportuno en el momento más inadecuado.

Era el caso de Críspula,  profesora jubilada que aquel miércoles como otros tantos del año había ido con sus amigas al Teatro. Aunque siempre procuraban sacar la fila 9, a partir del pasillo todos los pares hasta el final y tenían sus asientos reservados sin problemas, nuestras amigas solían llegar con bastante antelación para entrar las primeras, en cuanto el portero  abriera las puertas.

Aquella tarde, una vez habían entrado en La Latina, para asistir a esa gran interpretación de esa señora de la escena, que es Concha Velasco y disfrutar de  la obra El Funeral. Allí estaba, justo en medio del pasillo, charlando plácidamente con una vieja conocida que se situaba al otro lado  en el primero de los números impares.

Había sido advertida en dos ocasiones por uno de los amables, acomodadores de que se sentará en su butaca,   pero Críspula continuaba impasible en su conversación, como si el resto del mundo se hubiera parado o se hubiese ausentado para que nadie pudiese llegar a sus localidades.

La primera parte transcurrió sin más problemas, ya que ambas se sentaron en sus respectivos asientos, aunque de vez en cuando se hacían comentarios sobre el desarrollo de la obra a través del pasillo arqueando sus cabezas, una hacia la derecha y otra hacia la izquierda procurando obstaculizar lo más posible.

Llegó el descanso y en lugar de salir a estirar las piernas o tomar algo en el bar del vestíbulo  del Teatro, como cualquier hijo de vecino, allí estaban de nuevo Críspula y su amiga en una inacabable charla ¿Dónde? Sí, lo han adivinado, en medio del pasillo durante los 18 minutos y 32 segundos que duró el descanso.

Resultaba curioso como todo el público que quería acceder  a su localidad  en las nueve primeras  filas prefería llegar  a las mismas por los pasillos laterales,  al objeto de no interrumpir a Críspala y su interlocutora que quería meter baza, pero dada la locuacidad de nuestra amiga, le resultaba prácticamente imposible.

Sonaron los  timbres de rigor que indicaban que la función se iba a reanudar tras la pausa, pero en esta ocasión sonó una voz en off que decía  si a doña Críspula y su vieja amiga les parecían bien y daban su autorización, lo que provocó un fuerte aplauso del público, creyendo que formaba parte del espectáculo.

Hay muchas Críspula, perdidas en la realidad,  nos las encontramos en todos los sitios y a todas horas, y a decir verdad, que entre choques, reproches y discrepancias, hay ocasiones en que por mucho que se hunda el mundo no dejan de mirar su móvil y otras en las que no nos regalan un saludo, incapaces de darse cuenta que en este gran globo que es la Tierra habitamos otros 7.550 millones de seres humanos, qué también nos preguntamos ¿Dónde me pongo?

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