De perdidos al río electoral

Sábado, 20 de Abril de 2019

De perdidos al río electoral

12 de Febrero de 2019 13:45h

Javier A. Salvador, teleprensa.com
Javier A. Salvador, teleprensa.com

¿Y por qué no? Quizás lo que nos merecemos en estos momentos son unas buenas elecciones generales en las que a todos nos den nuestro merecido. Sin concesiones, ni a unos ni a otros, porque el panorama es tan heavy, tan revuelto y subido de tono, que salga el resultado que salga de las urnas nadie va a quedar contento. No vamos a solucionar nada, pero al menos despejaríamos algunas incógnitas de esta complicada ecuación en la que hemos convertido la convivencia.

Imaginemos por un momento que hay elecciones y que las encuestas del famoso Tezanos, actual director del CIS y conocido solamente entre quienes siguen los medios de comunicación, que somos de pocos a cada vez menos, tienen algo de razón y el PP se viene abajo, el PSOE mantiene la cara, Ciudadanos pierde a los que antes se llevó de la izquierda moderada que no transigen con el pacto de Vox y los ultras del barrio del madrileño barrio de Salamanca pillan cacho. El arco parlamentario quedaría de tal manera que el protagonismo de los partidos nacionalistas aumentaría exponencialmente porque, por arte de la mágica ley D´hondt se vuelven a generar extrañas conjunciones para acceder a la llamada llave de la gobernabilidad.

Ahora bien, imaginen que le damos credibilidad a los datos propios que la conjunción de derechas (PP, Ciudadanos y Vox) dicen tener y consiguiesen sumar una mayoría como la conseguida en Andalucía, pero claro, hablamos de Gobierno del Estado, no de ayuntamientos ni nada por el estilo, sino de manteca de la real, de la buena. Y ahora apliquen de manera inmediata una suspensión de la autonomía en Cataluña que obviamente generaría una total ruptura y el recrudecimiento de los nacionalismos. De la misma manera miremos hacia el norte, porque obviamente el País Vasco no permanecería impasible ante la clara amenaza al modelo de autogobierno conseguido en estos años, y tras ellos los gallegos, que no olvidemos que es uno de los nacionalismo claramente incipiente en el país.

Dejemos a un lado la posible repercusión de esos resultados en la UE, donde lo pactos con la ultraderecha tienen un alto coste, y celebremos en las calles la expulsión del país de miles de inmigrantes ilegales para descongestionar esa presión a la que parece que someten a toda la sociedad española. Y claro, no olvidemos que con ellos se van la mano de obra barata del campo, que no sólo es la de los invernaderos, sino la de los olivares, servicios públicos de muy bajo perfil profesional, hostelería y servicios del hogar, empleos que obviamente nuestra clase universitaria no va a perder la cabeza por ocupar porque sencillamente su legítimo objetivo es la investigación y el desarrollo profesional y no el trabajo de sol a sol. Demos carpetazo a la sanidad pública que conocemos, porque tal y como está parece que todos compartimos la necesidad de potenciar el modelo privado, y claro, para atender “panchitos” y “moros” nadie necesita en este país gastar miles de millones, porque parece que sólo ellos usan esos servicios públicos. Es decir, quitémonos la máscara y mostremos la España real en la que “volverá a reír la primavera, que por cielo, tierra y mar te espera”: la España racista.

Y ahora, por qué no, pensemos en las elecciones generales y el resultado, sus efectos reales y la sociedad en la que queremos vivir, porque una cosas es agitar banderas para conseguir titulares y otra muy distinta es convertirla en nexo de unión, y no de separaciones irreconciliables.

 

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