Como cada tarde

Lunes, 19 de Agosto de 2019

Como cada tarde

13 de Marzo de 2019 17:30h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

Como cada tarde allí estaba Alejandrina, sentada en la misma silla y ante la misma mesa de la Cafetería Bonita, el lugar que tantos y tantos momentos de su vida, había sido testigo. Esperaba a Javier, un amigo con aspiraciones de pareja.


También cuando se encontraban y ante sus tazas de café, intentaban hacerse oír entre tanto barullo, de ruido y de gente entrando y saliendo. Aquel día de otoño los dos estaban tremendamente cansados. Habían tenido una jornada dura, de tensiones y trabajo, en la que habían abundado los gritos y las malas caras.


Javier , a pesar de tener un trabajo muy duro como responsable de personal de una multinacional del Transporte que tenía en aquella importante ciudad del Estrecho una de sus principales terminales de operaciones , cuyo nombre sonaba tan musical como importante, Algeciras.


Ella, Alejandrina, era funcionaria de la Universidad de Cádiz, y en la Escuela Politécnica donde realizaba su tarea laboral, era muy valorada por sus jefes. Estaba segura que terminaría saliendo con Javier, con el qué, a decir verdad se entendía muy bien.


Una de aquellas tardes quedó en un banco, frente al mar. Conforme iba acercándose al Paseo de la Ribera, en el que pesar de que las nubes amenazaban agua, muchos viandantes se habían decidido a salir para andar y oler a salobre y brea.


Cuando se vieron, a pesar de que se conocían desde casi tres meses, se sentían más alegres, más felices y más vitales. Incluso el aspecto y la forma de vestir de ambos era más juvenil, mientras Alejandrina había cambiado de peinado, Javier se había cortado el pelo.


Tras los saludos de rigor, estuvieron unos segundos en silencio, que les parecieron horas, se miraron a los ojos, apagaron sus móviles y se dieron un beso. Después de dudar unos momentos, sin saber qué hacer, decidieron hablar, en un tono bajo y observaban con mirada cautelosa la reacción que sus palabras iban produciendo en el otro.


El tiempo pasó con la rapidez de quien se encuentra en la gloria y con la persona que ama, y cuando estaba oscureciendo y las farolas comenzaban a encenderse, iniciaron el camino de regreso. Sin ponerse de acuerdo, dirigieron sus pasos hacia casa de Javier.


Caminaban lentamente, cogidos de la cintura, sin prisas y sintiendo al otro cerca y dentro, En sus cabezas y sus corazones bullían y rebotaban las palabras encerradas desde hacía tiempo. Aquellas que desde que se conocían no se habían atrevido a dejar salir. Palabras, que a partir de aquellos momentos, probablemente iban a cambiarles sus vidas.


Javier había abierto la puerta de su apartamento, y a decir de verdad, no sabría explicar cómo habían llegado hasta allí y cuánto tiempo había transcurrido. Lo cierto es que aquella noche se besaron con pasión y fueron descubriendo todos los perfiles y huecos de sus cuerpos.


A la mañana siguiente, era sábado, y no tenían que ir a trabajar, pero la luz que entraba tras los ventanales iluminaba sus caras, y les hizo abrir sus ojos descubriendo sus cuerpos juntos y desnudos, en una bella sinfonía de colores, olores y sabores, de tactos y tientos, que culminaban en un “te quiero”.


Javier y alejandrina, en el juego de sabanas de aquella alcoba, comenzaron a soñar y construir desde la realidad de un despertar como podría ser a partir de entonces su futuro juntos.

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