Cada día, me cuesta más

Viernes, 24 de Mayo de 2019

Cada día, me cuesta más

06 de Marzo de 2019 17:06h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

No sé muy bien si eran los años o mi corazón, pero cada día me costaba más subir aquella escalera. Eran tres pisos sin ascensor, pero me parecían un camino interminable .y agotador Pero como el que no se consuela es porque no quiere, me decía una y otra vez, peor hubiera sido vivir en el cuarto.

Lo cierto es que no me resultaba fácil culminar cada jornada la tarea, y además entendía el por qué mi cardiólogo me había dicho mil veces que de cuestas y escaleras, nada de nada. Y a decir verdad, que este médico, que además era mi amigo, llevaba razón.

Menos mal, que siempre había premio, porque cuando abría la puerta de mi casa me encontraba con alguien que me brindaba la mejor de sus sonrisas y un reconfortante beso, María, mi mujer. Una frase amable, una pregunta sobre cómo me encontraba, me daban a entender que un día más, aunque me costará, había merecido la pena.

Alguna vez, a pesar de mi fatiga, estuve tentado de llegar hasta la terraza, desde donde podría ver muchas más cosas e intuir en el horizonte donde se encontraba el mar. No lo hacía con más frecuencia porque María padecía vértigo y cuando se está arriba, es casi imposible no mirar hacia abajo.

De todas formas aquella escalera , que hoy permanecía, entre ausencias y el trasiego de estudiantes que de arriba abajo , iban cambiando cada curso , tenía su misterio, y no solo por quienes habitábamos en el inmueble , sino por cuatro décadas de saltar o arrastrar vidas , de niños y mayores.

Había aprendido todo tipo de trucos para hacer la escalada más llevadera, desde contar tramos hasta escalones, desde intentar hacerlos de un tirón hasta hacer los descansos correspondientes. He de reconocer que bajar me resultaba mucho más fácil.

De momento , mejor que peor , iba superando cada día aquella odisea, sin épica , pero con esfuerzo, pero muchas veces me preguntaba cómo sería el día que esto no fuera posible., cuando al poner un pie en el escalón siguiente comenzara a temblar y no pudiera continuar por mucho que me agarrara a la barandilla.

Es posible que algún día no pudiera llegar hasta el tercer piso sin el ascensor. He de confesar que lo habíamos intentado colocar, de diferentes formas y maneras, pero aunque la ley nos amparaba, éramos los únicos que realmente necesitábamos el ansiado aparato para elevarnos hasta la puerta de nuestra casa.

He de reconocer que nunca he sido amigo de los ascensores y siempre he preferido subir o bajar a patitas al piso que fuera, pero ahora no era un problema de elección o preferencia sino de necesidad. Mis piernas y mis manos no me obedecían.

Algunas noches había soñado con que lo habían instalado y mis problemas habían dejado de serlo, pero cuando abría la puerta de casa a la mañana siguiente, me encontraba a mi amiga, la escalera, y me daba cuenta que la alarma había sido activada.

Teníamos que tomar la decisión, aquella casa que durante tantos años había sido nuestro hogar, pronto dejaría de ser nuestra y se convertiría en un inmueble más de los que se venden y aparecen en las ofertas de las inmobiliarias.

Nosotros mientras, buscaríamos un apartamento en el centro, probablemente en un séptimo u octavo piso, en el que cada día coincidiríamos con algún nuevo vecino en el ascensor, pero seguiríamos recordando nuestra escalera, la que tantas salidas y llegadas vio en nuestras vidas.

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