Allí estaba…

Viernes, 23 de Agosto de 2019

Allí estaba…

13 de Febrero de 2019 13:27h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

Ya había llegado el otoño, pero no acababa de irse el verano. Como cada doce de octubre, según el Calendario el de la Hispanidad y el del Pilar, Segismundo, aragonés hasta las trancas estaba allí sentado en su tercera fila para con la excitación de un niño asistir al Concierto.

Le gustaba llegar con mucha antelación para presenciar el caótico murmullo con el que se desperezaban los instrumentos. Pasado este tiempo de afinamiento y ensayo, esperaba con ansiedad el momento solemne, ese en el que todo se hacía silencio y el director entraba por uno de los extremos y aquel silencio sepulcral se transformaba en una sinfonía de aplausos para dar la bienvenida a quien con su batuta iniciara aquella ceremonia hipnótica.

Era un instante único porque todo por efecto de un solo gesto , el del director y su varilla, harían que miles de notas inundaran el silencio de aquel auditorio en el que se convertía aquel espacio de la Basílica transformándolo en una sinfonía que situaba a todos los asistentes en otros mundos distintos,

Para Segismundo, aunque pudiera parecer increíble, no había nada más placentero que sumergirse cada año en la misma fecha y casi a la misma hora en aquel mar sonoro que lo mecía y lo transportaba delicadamente, desde los vientos, los timbales o las cuerdas creando una atmosfera única e insuperable.

Allí estaba, una vez más, como siempre, a sus 93 años, sacudiéndose con aquellas tonalidades, experimentado todas las emociones posibles, conteniendo la respiración y dejándose arrastrar por la música, la que sonaba y la que imaginaba.

Cuando aquella ceremonia terminaba, también como siempre, llegaba la calma, se sentía como sordo, mudo y vacío. Después cuando llegaba a casa, se daba cuenta que de nuevo estaba vivo, porque aquel Concierto había dejado en su interior un torbellino de mariposas de los colores más increíbles.

Y todos los años se preguntaba, que pasaría si un año, llegara el doce de octubre y Segismundo no pudiera ir al Concierto, bien porque estuviera enfermo, incapacitado o simplemente porque ya no estuviera. Nuestro protagonista era incapaz de plantearse esos escenarios alternativos.

Por eso se le ocurrió, ahora que había tantos adelantos, imprimirse este Concierto, qué a decir verdad había resultado espectacular, en un chip que se implantaría en un lugar de su cuerpo, todavía por determinar, aunque lo más probable es que fuera el cuello.

Pero si él desaparecía como podría seguir disfrutando de esa música maravillosa , pues como suponía que su espíritu seguiría pululando por el espacio interestelar y cósmico , había ideado un sistema mediante el cual , el contenido de todos los Conciertos quedaría depositado en un agujero negro al que solo tendría acceso Segismundo mediante una clave encriptada y supersecreta.

De todas formas en el camino de vuelta a su casa, observó que ya no había vistas que ofrecer ni luminosidad que vender. Era de noche, los barrenderos no daban abasto intentado dejar la ciudad, tras un día de tanto ajetreo, como los chorros del oro.

Al otro día, se despertó como siempre a las siete de la mañana, y recordaba que había soñado con jardines, rosas, arboles, ríos, cielos azules y nubes y abrió las ventanas de su casa y todo estaba limpio, tranquilo, como si no hubiera ocurrido nada, pero él seguía preguntándose ¿Podría asistir al próximo Concierto o tal vez tendría que utilizar su clave secreta? Mientras tanto allí estaba…

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