Wilfredo Imprevisible
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Wilfredo Imprevisible

06 de Diciembre de 2017 06:26h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

Como escritor se movía con facilidad en el mundo de la prosa y la poesía. Era capaz de construir un relato al mismo tiempo que componía un soneto. Sus actuaciones eran como se apellidaba, imprevisibles. Lo mismo  no los encontrábamos trabajando en vacaciones que olvidándose de sus raíces y yéndose por las ramas.

Más envuelto en presunciones y suposiciones, en busca de cartas sin destinatario ni remitente que se pierden en los contenedores de basuras. Afirmaba no tener dudas cuando estaba perdido en multitud de cosas sin ninguna idea clara y en una especie de pendiente sin poder echar el freno.

Cada vez que salía a la calle descubría algo nuevo y distinto. No necesitaba entrar en esa rueda desenfrenada del comprar y el consumir, a pesar de que nos encontrábamos a las puertas de la Navidad y todo era una permanente provocación a “no te resistas, puedo ser tuyo, cómprame

Aunque respetaba las tradiciones, procuraba ir a su aire, sin vínculos, conexiones ni ataduras. Tampoco tenía complejos por ser el mejor  ni pretendía caer bien a todos. Tenía fama de ser buena boca, pero no le hacía ascos a nada y lo mismo tragaba buen marisco o  una buena ensalada de bacalao  por un tubo que se zampaba los insectos más raros a la parrilla.

No entendía ni compartía ese egoísmo en el que lo de todos se convierte en mío y lo nuestro desaparece del vocabulario. Había descubierto que todo resultaba más fácil jugando., y su habilidad  para retratar a cualquier persona, personaje o situación.

Wilfredo en su imprevisibilidad, era capaz de moverse entre intuiciones y afectividades, simplicidades y complejidades, aislamientos y participaciones, inventos o imitaciones, originales y copias, anuncios y renuncios, antes y después, así o de otra manera, fuegos y aguas, pequeñas o grandes historias.

Imprevisible, entre su elegancia y sus ordinarieces, sus amistades y enemistades, sus inquietudes y tranquilidades, proyectaba el mundo que deseaba y se lamentaba de la vida que había perdido., dando más importancia a lo insignificante que a lo supremo , a los tesoros ocultos, que a todo lo que vemos.

A pesar de su actitud sorpresiva, poseía el lujo de estar de acuerdo consigo mismo en la mayoría de las ocasiones, de encontrar paz y sosiego en las cosas bellas, de no perder el tiempo en boicotear las ideas e iniciativas de los demás.

Se rebelaba contra aquellos  que se oponían a las propuestas de  los demás, con la única razón de que no se les había ocurrido a ellos, o quienes pretendían  ganar el  partido, a toda costa, sin respetar las reglas del juego. Por eso, consciente de que nadie tiene el monopolio  de la verdad, asumía sus errores y procuraba corregirlos.

Su inquietud de ir de un lado para otro, ese no parar para conseguir sus objetivos, no le convertía en un enfermo de la perfección y si en un amante de la vida. Mantenía la curiosidad  y la necesidad de aprender y eso le alejaba del aburrimiento.

No conocía la envidia y se divertía con los demás, gozaba de sus triunfos y compartía sus alegrías. Todas las mañanas el mismo ritual y cuando se miraba al espejo al afeitarse, no se sentía culpable por ser sincero y honesto en sus posturas, y no le importaba cambiar de planes para hacer cosas nuevas.

Necesitaba buscar un tiempo para estar solo, para la meditación y el silencio y salir a dar un largo paseo.

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