Todos sabíamos que venía la crisis
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Todos sabíamos que venía la crisis

13 de Agosto de 2015 00:29h

Francisco Mancera
Francisco Mancera

Todo el que leyera prensa económica había leído que la burbuja inmobiliaria iba a estallar. Todos los centros de estudios económicos de este país, los que dependen de los bancos, como los que no, habían predicho el batacazo, el fin de la fiesta, el irremediable freno al incremento anual de dos dígitos del precio de la vivienda. Cuando el panadero, el joyero, el abogado abandona su oficio para dedicarse en cuerpo y alma a promover, especular, conseguir solares… es que algo va a pasar. Ya lo dijo Rockefeller:

“… Cuando mi limpiabotas invierte en Bolsa yo lo vendo todo. …”.

Pues eso, en España hasta el que necesita un canuto para hacer la O, hacía dinero especulando con pisos. La única incertidumbre que existía era el momento exacto en que iba a ocurrir.

Si era evidente, ¿Por qué el gobierno no hizo nada? Por la sencilla razón que nadie quiere apagar la música y acabar el guateque. Su coste político habría sido inasumible, ni la sociedad está nunca preparada para acabar con una especulación piramidal, que es en lo que se había convertido el sector inmobiliario español en 2007. Una estafa piramidal, los compradores de pisos no los iban a usar jamás, los iban a vender (“darle el pase”) al poco tiempo, el justo para que subiera el precio. Hasta que reventó. Los que supieron moderar su codicia salieron a tiempo minimizando pérdidas e incluso ganando, los demás lo perdimos todo o casi todo.

Si los políticos no podían frenarlo, ¿Qué hizo el sector privado? Como cuenta mi amigo y director de gestión de cartera, Rafael Romero Moreno:

“… Se sabía que el tsunami iba a llegar a la costa. Pero cuando el mercado mide tu gestión comparándola con lo que consigue tú competencia, no sólo te juegas el bonus también el puesto de trabajo. Dejar la ola demasiado pronto te condena. Todos creemos que seremos capaces de abandonar la ola antes de llegar a la orilla… pero no nunca es así. …”

En otras palabras menos marineras, se sabía que la especulación inmobiliaria se había convertido en un juego piramidal: Los que estaban dentro esperaban que “la cosa” aguantase hasta que se pudieran salir. Pero una vez fuera, la codicia les volvía a meter creyendo que “la cosa” aguantaría aún un poco más, al menos una iteración más. “La cosa” funciona mientras haya suficientes incautos dispuestos a jugarse su dinero y/o pidiéndolo prestado, con la promesa de ganar pequeñas fortunas, especulando con el precio de la vivienda. Y de golpe, un día sin venir a cuento, se para, nadie consigue darle el pase a los pisos. Estalló la burbuja inmobiliaria, iniciándose la crisis.

En el fondo, muy en el fondo, la crisis inmobiliaria española de 2007 tiene una parte de justicia divina, pues como si fuera el timo de la estampita, enganchó a los que se creyeron más listos que los demás. Como los que compraban sellos, bosques o siropes con una rentabilidad del 8% cuando el Euribor no pasaba del 2%: ellos eran más listos que los demás y por eso se permitían mirarnos por encima del hombro.  Por desgracia el estallido de la burbuja se convirtió en un crunch de crédito y este en una de las peores crisis económicas. A los demás, a los que compramos una vivienda donde vivir, nos ha dejado en paro y con una hipoteca mayor que el valor actual del piso: la absoluta ruina.

¿Aprenderemos? No, la codicia mueve el mundo y la memoria sólo alcanza, en el mejor de los casos, a una generación: la que sufrió la crisis. La siguiente generación puede volver a sufrir la pandemia colectiva de la codicia. Una condición necesaria (pero no suficiente) es la percepción de que “la cosa” va a durar siempre. Vamos, que no existe riesgo. Esta creencia sólo se puede sostener desde la soberbia y arrogancia de creerse no sólo más listos que nuestros coetáneos, sino más listo que todos nuestros predecesores. Y de eso, de soberbia y arrogancia todas las generaciones andamos más que sobradas.

Ha habido y habrán infinidad de crisis económica como la actual, incluso tienen un nombre: crisis de inflación de activo. El activo va cambiando y seguirá cambiando: en la Holanda del siglo XVII fueron los tulipanes, en 1929 las acciones de bolsa, en 2000 las acciones de las empresas informáticas conocidas como punto com y en 2007 la vivienda. Pero lo que nunca cambiará es su origen: la codicia.

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