Siempre nos quedará París
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Siempre nos quedará París

12 de Junio de 2017 12:32h

Elena Torres, teleprensa.com Almería
Elena Torres, teleprensa.com Almería

Amargo sabor de boca el que nos ha dejado el Almería tras su último partido de Liga en el que se jugaba la permanencia, aunque esto no se reflejara en ningún momento en el campo. Nada que ver con ese titánico encuentro de Roland Garrós entre Nadal y Wawrinka, donde el suizo en ningún momento, a pesar de la diferencia de juego, dejó de luchar y lamentar su ‘mala suerte’, en algunos momentos, o falta de idea, en otros, para doblegar a un español que ha regresado a su época dorada y al que supo admirar sus genialidades, a pesar de todo.

El Almería logró la permanencia pero sin despertar pasión. Muy al contrario estimuló hasta los pitidos del público que al final del encuentro no pudo por menos que repudiar a un equipo que no sólo ha dado disgutos a lo largo de toda la temporada sino que no ha mostrado ni siquiera en su último partido en casa, aquél en el que se jugaba todo, un mínimo de decencia en el campo.

Como si de un guión se tratara, el Almería metió gol en un primer tiempo y el Reus lo dejó pasar. Uno necesitaba ganar el partido, el otro recibir los menos goles posibles. Y no hubo fútbol, ni garra ni ganas de hacer nada más. Hubo muchos minutos, -el segundo tiempo fue especialmente tedioso-, en los que el balón molestaba a los jugadores que no sabían a donde derivarlo para no generar ocasiones. No es que no hubiera ingenio, no hubo ni pasión ni ambición ni orgullo ninguno. No hubo nada y por supuesto tampoco un merecido resultado.

El público que no es tonto saltó al campo más con ganas de increpar al equipo que de felicitarle y los propios jugadores se retiraron pronto sin celebración alguna, conscientes de que nada habían hecho. Por contra el filial, que tanto ha luchado no logró poder seguir optando al ascenso. Cosas del fútbol.

La política miente, la prensa no cuenta lo que sabe, la economía protege a unos pocos y la válvula de escape que es el fútbol, nos engaña también. Menos mal que, como en Casablanca, siempre nos quedará París.

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