Reflexiones de Navidad para un buen año nuevo
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Reflexiones de Navidad para un buen año nuevo

02 de Enero de 2018 13:15h

Teresa Antequera Cerverón
Teresa Antequera Cerverón

La Navidad es la fiesta del amor. El Hijo de Dios se hizo hombre para traernos el amor de nuestro Padre eterno, que Él nos anunció siendo hombre y según el cual vivió. En todo el mundo no hay nada que ennoblezca tanto el carácter de una persona, que armonice su ser y que llene su ánimo de pacifismo que el amor eterno y cósmico que viene de Dios. Las personas que se entregan al amor de Dios regalan alegría altruista a sus semejantes, porque ellos dan de forma altruista sin esperar agradecimiento o reconocimiento.

La Navidad es también la fiesta del dar. Quien quiera dar los pasos hacia un buen nuevo año, precisamente en la época navideña puede reflexionar sobre cómo le gustaría dar una alegría a sus semejantes, pero no sólo con dones externos, si no con su proprio ser interno, que él se esfuerza en refinar y orientar hacia el amor del Infinito, que es la seguridad y la firmeza, que irradia confianza y felicidad interna y da a otros. Porque lo que amamos de corazón y damos de corazón, eso lo tenemos también nosotros, pero por el contrario, lo que esperamos y ansiamos, con eso nos robamos a nosotros mismos.

De Gabriele, la profeta y enviada de Dios para nuestro época, hemos escuchado: «A pesar de todo el egoísmo que en la actualidad reina por todas partes, la ley eterna del amor está recorriendo todo el mundo para alcanzar a las personas que añoran el amor de Dios. El Espíritu de Dios es el núcleo imperecedero en todos y en todo, la fuerza todopoderosa, la luz que vence todas las sombras y que devuelve todo a su forma espiritual-divina originaria.  Cada uno de nosotros está envuelto por el amor infinito. Lo notamos cuando nos entregamos al amor de Dios, haciendo paso a paso obras del amor, que encontramos en los Diez Mandamientos de Dios y en el Sermón de la Montaña de Jesús. Si realmente hacemos obras del amor, eso se muestra en el contenido de nuestras obras. Nosotros mismos podemos probar si son íntegras cuestionándonos nuestras palabras y obras, por ejemplo preguntandonos: ¿Por qué digo esto ahora? ¿Por qué hago esto ahora?

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