Idris Impulsivo

Miércoles, 21 de Febrero de 2018

Idris Impulsivo

18 de Enero de 2018 07:17h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

Tal como lo sentía lo hacía, sin pensárselo dos veces. Era audaz  y carecía de la prudencia necesaria para no meterse en líos. Allí donde había un problema, se encontraba Idris, en medio del conflicto. Además de su tozudez en procurarse errores y equivocaciones, no se le veía jamás relajado sino exaltado.

En su inquietud no paraba un momento en ningún lugar, y aunque en ocasiones a eso le llamaba viajar, es cierto que había estado en muchos países, pero no conocía nada de ninguno. Es como les ocurre ahora a mucha gente que se pasa el día grabándose o fotografiándose y olvidándose de vivir.

No era capaz de valorar nada, porque pasaba por las situaciones sin que estas le dejaran ninguna huella, y sin saber manejar adecuadamente sus recuerdos y emociones. Impulsivo era un gran egoísta, que no tenía para nada en cuenta los pensamientos y deseos de los otros.

Impulsivo vivía en una pura contradicción en la que quería sosegarse y tranquilizarse, pero le resultaba muy difícil controlar su vehemencia y su falta de empatía en la relación con los demás. Tampoco era capaz de concluir aquello que empezaba, sino que era especialista en obras inconclusas.

Ese arrebato permanente que en su fogosidad era fácil presa para el último listillo que se le acercara, y a pesar de haber cumplido cuarenta y dos años, no terminaba de madurar y tener los pies en la realidad. Además se precipitaba con frecuencia en sus juicios y análisis, como queriendo vivir un futuro sin saborear el presente.

Su vida era un caos, en el que no existía orden ni concierto. Idris era incapaz de organizarse y  su mesa de trabajo era la fiel evidencia de como tenía amueblado su cerebro. En ese torbellino en el que se veía envuelto y que el alimentaba con sus actuaciones, solía crear más problemas de los que resolvía.

Curiosamente había algo que era una constante en el comportamiento de Impulsivo, su olvido de cuestiones importantes mientras perdía lastimosamente su tiempo en las mayores chuminadas y ocurrencias baladíes. Eso sí, casi nunca llegaba a las citas a su hora y esa impuntualidad crónica le había ocasionado más de un disgusto.

Otra de las cosas que hacia insoportable en el trato a Idris, era su afán en no respetar su turno e interrumpir todo tipo de conversaciones, lo que le hacía pasar por un sujeto muy mal educado. A veces incluso podía ser tildado, incluso, de violento, aunque en el fondo no lo fuera.

Idris en medio del disparate en el que había convertido su vida, una sonrisa le atrapó, unos ojos negros y enormes le eclipsaron, y lograron dejarle quieto durante un buen rato, como hipnotizado. Era Aaminah, mujer de origen marroquí, que como el significado de su nombre iba a llevar a Impulsivo, la paz y la armonía que necesitaba.

No sabemos si aquello era un flechazo, pero al igual que el final feliz de muchas historias reales o fantásticas, Idris había comenzado a sentir mariposas en el estómago y se notaba diferente, como con ganas de volar y acercó su rostro al de Aaminah y depositó un intenso beso en sus labios, y pudo ver a su alrededor como los colores tenían otra intensidad.

Impulsivo se había enamorado. Se sentía eufórico y escuchaba desde la lejanía, la música de la Opera “El Elixir de amor” de Gaetano Donizetti, pero no le sonaba a comedia, sino a una leyenda amorosa que acababa de iniciarse y en la que él era un protagonista que esperaba ser correspondido.

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