Fabián Fabuloso
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Fabián Fabuloso

19 de Abril de 2017 16:17h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

No destacaba por sus extraordinarias cualidades sino porque había sido capaz de crearse un mundo irreal y fantástico que solo existía en su imaginación. De tal manera que durante gran parte del tiempo parecía estar desvariando y en su delirio había muchas ocasiones que dialogaba consigo mismo y parloteaba perdido por las calles ante la mirada atónita de sus vecinos.

Aunque siempre había sido una persona singular, quienes le conocían desde niño se preguntaban cómo había podido llegar a aquel estado a sus 57 años. Puestos a fabular había quienes achacaban esta caótica situación a un desengaño amoroso, otros a su coqueteo con las drogas en su adolescencia y los más argumentaban que siempre había sido alguien con vocación de raro y solitario y que por tanto apuntaba maneras para ser un enfermo de melancolía.

Lo cierto es que, al menos aparentemente, había logrado estar centrado y su trayectoria era,  un ir de lado para otro, sin objetivos concretos, de sobresalto en sobresalto. En ocasiones daba la sensación de ser un tipo genial y se dejaba llevar de su intuición que le resultaba más útil que todas las teorías y todas las palabras.

Sabía que necesitaba antídotos cuando se encontraba en el pozo de la depresión y tenía que venirse arriba para disfrutar de los  tiempos de euforia.

Eran momentos de ideas creativas, en los que sus pequeños logros, no por esperados, eran menos importantes.

Su amor hacia las personas y las cosas le hacía sufrir cuando no se sentía correspondido y le hacía mostrarse falsamente escéptico. Entre equilibrado y desatado, héroe y cobarde, raro y corriente, cualquier incomodidad le alteraba bastante el día y ponía a prueba su capacidad de adaptación.

Con frecuencia le daba importancia a cosas que no la tenían y terminaba escondiéndose en el más recóndito rincón, huyendo y alejándose de un mundo que percibía como hostil y que vivía como un puro enfrentamiento entre disgustos innecesarios, en lugar de relajar tensiones y abrir cauces de diálogo y acercamiento.

Estaba dispuesto a esforzarse y cambiar, sin ser irresponsable  ni temerario, sin titubeos ni vacilaciones, ni inconveniencias ni imprudencias., hilando muy fino y estudiando la significación de cada gesto, entre encendidos y  apagados.

Fabián sabía moverse con maestría en un mar de esperas, lleno de alegrías y tristezas, en el que entre el tiempo y el espacio manejaba la posibilidad de hablarles a todas las personas y las cosas, y en el que entre murmullos envolventes y embriagado por la niebla, sentía los inconfundibles acentos de los vientos de levante y poniente.

Su mirada ausente en búsqueda de otros mundos desconocidos, su visión presente de contemplar cómo se nos va escapando la vida de entre los dedos, llorando y riendo sin saber  qué hacer, abriendo las puertas y ventanas cerradas y sacudiéndose desde el lado inesperado de la vida una  rutina infinita.

Tal vez había llegado la hora de arriesgarse, de no hacer casos a cuchicheos y chácharas, de favorecer los encuentros y evitar los desencuentros, de distinguir lo urgente de lo importante, de alimentar las  lealtades y despreciar las traiciones  y de  tomar decisiones que no había tomado nunca para descubrir sus fortalezas y vence r sus miedos.

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