Aitor Amable
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Aitor Amable

15 de Febrero de 2017 13:02h

Juan Antonio Palacios Escobar
Juan Antonio Palacios Escobar

Estar a su lado era una grata experiencia . Siempre tenía a mano una palabra agradable y un gesto amigable.  Aitor a lo largo de sus 63 años había aprendido que ser amable era gratuito, que no era costoso en absoluto y que en la mayoría de las ocasiones podía hacer felices a los demás.

Tampoco entendía como entre avances y retrocesos, enemigos cordiales y adversarios aborrecibles, intentamos superar marcas y lograr records, hacemos frente a  lastres que no pesan  y a globos que son como bloques de cemento, y entre contradicciones y paradojas mejor una sonrisa que un mal gesto.

AA sabia apreciar la belleza y la bondad, disfrutaba del encanto de la gente y de las cosas sencillas y huía de lo tortuoso y lo sarcástico .Rechazaba con dignidad y honestidad las mentiras que se hacen tradiciones y las costumbres que se instalan en la falsedad.

Amable era un encantador de serpientes, pero no soportaba que hubiera gente especialista en deudas que no se pagan y en mantener trampas que no se saldan, los héroes cobardes y los temerosos heroicos, los expertos incapaces y los entendidos descerebrados.

Aitor había descubierto en sus más de sesenta años de vida que a la hora de la verdad no había nada nuevo que contar  y sí mucho para opinar sobre lo que no habían vivido, demasiados galardones degradados y pocas actuaciones dignas de mención.

Batallaba cada minuto para que nadie se sintiera por ninguna causa postergado, excluido o estigmatizado. Irradiaba una luz especial que atraía cosas sublimes a su vida y procuraba no perder la oportunidad de continuar la senda que ya había comenzado.

Sabía que si se trabajaba a sí mismo continuaría viendo los resultados. Procuraba vacunarse de la enfermedad del individualismo y del orgullo y la soberbia que podía limitarle sus posibilidades. Ante las presiones, necesitaba siempre unos minutos de soledad para reconectarse con él mismo.

En su equilibrio hacia frente a las previsiones y a las improvisaciones, escándalos y delirios, agresiones y digresiones. Nuestro amigo hacía gala de una paciencia envidiable, y era un trabajador de la vida, que defendía los éxitos trabajados y huía de los éxitos fulgurantes.

Entre combinaciones y maridajes, dualismos y maniqueísmos, cuentas pendientes y resentimientos del pasado, iba viendo cuando  terminaba la inteligencia y comenzaba la estupidez .Como se dedicaba a buscar valientes y no paraba de encontrar cobardes.

Su prudencia era una de sus principales características, y sin alarmas ni provocar pánicos innecesarios procuraba arreglar los mayores desaguisados  de asimetrías simétricas y ordenes desequilibrados, inventos de ritmos inquietantes que en ocasiones nos produce vértigo y en el que tratamos de convivir aunque no lo logremos.

Nunca dejaba de trabajar duro si quería conseguir los resultados esperados y no precipitarse por nada, por ello procuraba no embobarse mirándose al espejo y olvidarse de emprendimientos y empoderamientos., alejándose de los problemas de la gente.

Como cualquiera, Amable tenía su talón de Aquiles como cualquier hijo de vecino, pero siempre era capaz de atreverse a soñar y ser capaz de responder a las preguntas en situaciones límites. Intuía cambios, pero aún no sabía que rumbo iban a tomar. Estaba particularmente optimista y eso repercutiría en todos los aspectos de su vida, distinguiendo el genio del ingenio y la sustancia del accidente.

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